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sábado, 5 de diciembre de 2009

Acuñar un ismo

Parecería un herrero hercúleo y sobre una vaca encajonada meterle a fuego un esquema/jeroglífico y marcarla en lustre de olor a quemado en piel. Parecería un descreído herrero que no reacciona a la primera llamada mientras su hijo de mayor edad atiza indiferente el fuego como chorrean los fuelles. Parecería un herrero debido a Hércules en compás de espera e ideación en tanto que rechaza la opinión de quien paga tanto dinero como puede para figurar su obra ya empezada. Parecería simplemente un herrero si un artista que atrajo su atención no los hubiese obligado a él y a su hijo a terminarla; la obra ya empezada a soportar un millón de grados. Parecería Hércules desfigurado entre las sombras de su taller deambulando ferreamente. Parecería un artista que pidiese implorando a un simple herrero que le dejara mostrar en ismo su obra embutida en carbón ardiendo. Parecería un herrero si en realidad la vaca (?) que deja llanamente a sus anchas sobre el llameante prado de la mañana pacer con igual originalidad dejara el cencerro sonar (las iglesias y catedrales). Se parecería al vaquero de virgen lúcidez en sus como gestos de arbolito meditante ligeramente combado por el fresco viento del amanecer o la raíz titubeante en el cieno, o en el golpe de vara. Parecería Hércules después de la batalla, cumplidos los sufrimientos, despojado de vendajes y rabias todos los pechos, que habían adivinado sus doncellas los ungüentos más suntuosos apartándolos con fino algodón rezumante, finalmente abandonando la cama/mil días; que había visto el camino, sí, que había visto a su padre, sí, en el taller tejiendo un jardín de hierros retorcidos. Parecería Hércules sin embargo el más pusilánime hombre derrengado por el peso de la metralla átomos de vanos herreros. Parecería un herrero si supiera del artista a qué cuento la acuñación de una falsa moneda. Sería el artista lo que es si contestase no a las pretensiones del herrero. Parecería un herrero más hábil si al menos accediera a otra combinación idealizada, casi congénita, y especialmente pequeña, como la que supone un redondel de fundido metal aureolando un ismo como estructura de copo. Sería lo que quiero decir (de la escolástica y parte de la alquimia) del herrero y del metal. Dentro del redondel de fundido metal no hay moneda que yo quisiera acuñar para mostrarse más poderoso que usted. Parecería un estratega si hiciera tal cosa. Pagarle con la misma moneda que el herrero hace es cruel. Le entregaría dentro de una fe destructora una piel de vaca; y él lo paga con dinero (mala cosa), con heridas profundas de hierro de verja. Parecería un herrero si el artista de sobra obra empezada trabajo sobre él inclinado años. Parecería cruel hacia la vaca (?); y menos fidelidad incluso hacia la misma. Parecería cruel para los ánimos. Entonces el artista con muchos años de anticipación dijo que lo que él necesitaba era un símbolo apenas del tamaño de una nuez que se manejase per se en la poderosa oscilación de cuello de vaca grande; lo suficientemente vigorosa para pacer en el campo mil años y un buen herrero que a fuego le inscribiera sobre su piel tersa los años de su lucha por el ismo. El(it)ismo. Que tal cosa es imposible dijo el herrero que lo parecía. Y el hijo que también lo parecía. Y el artista que también lo parecía. Y la vaca que también lo parecía. El nacimiento Belén de un nuevo ismo con mulas, bueyes y vacas. Entonces, dijo el herrero, mejor forjar el nacimiento de un niñito moderno. Parecería un pastelero el herrero si quisiera hacerle cumplir por tartas los años de mi hijito. Parecería un pastelero el herrero hercúleo si por cada año le entrego un plano meticulosamente diseñado para la acuñación con guinda del hermoso ismo (le entregaría un istmo a cambio, de cortante y feroz playa). Tenemos que comprender claramente que la guerra hizo mucho (palabras de Canetti) por el desarrollo del hierro. En cuanto a la otra cara de la moneda: tiempos de paz, la ruina, especialmente metales diseminados, de la guerra se convierte en algo familiarmente metamorfoseado y listo para usar. Rencillas aparte, mi guarnecida ventana tiene algo de la batalla de Covadonga. Es por ello que al herrero se le imponen dos tareas completamente diferentes entre sí (y él renunció la pastelería). Y el artista es mucho más devoto que de sus labios preciosos versos saca. Apenas tenemos un rosario de sus palabras, dice el herrero, me convence. Pero en definitiva lo que él me pide es cosa distinta a los trabajos que exigieron de mí los más valerosos reyes. 2009, aproximadamente. Ni reyes, ni poetas, ni recelosos herreros. No convence la puesta en marcha de ambos procesos. Primeramente, dice el herrero, porque la guerra y la paz son ambiguos y se mezclan (no como agua y aceite) como agua y azúcar. Las fronteras, por ejemplo, ponen a un lado una hermosa ciudadela feliz y artística (subrepticiamente artística pues el paso de los años muestra que lo artístico es la otra cara de lo bélico; la idea no está tan clara como pudiera creer, pero al menos es lo que tengo, dijo el pastelero) y al otro lado la cruenta ofensiva militar en dos equilibradas porciones (o al menos eso es lo que hace que algo dure un cierto tiempo) más o menos enfrentadas (también es ambiguo el hecho de que en el enfrentamiento, que puede fragmentarse, se valoren los ricos remansos de paz de sus alveólos entretejidos; donde en prieta materia militar se pueden llegar a formar burbujas literalmente de aire respirable pero tan dinámicas como dinámico es el movimiento de la guerra). 2009 de nuevo. Barcelona. La Central (librería para afortunados). He aquí dos nuevos trabajos publicados de Canetti: Apuntes I y Apuntes II, versión de bolsillo y accesible al bolsillo. Precio de risa, realmente: 9 euros y algo. Apuntes I, año del 1942. El espíritu que guarda la guerra. Sólo estas dos cosas: el espíritu y la guerra. No significa: el espíritu de la guerra. No. Y la intelectualidad es un aire respirable. El aire respirable de las burbujas que nacen en el seno de esta materia en formación y militar tiene un innegable uso en muchas direcciones. Porque no es sólo que un presunto suicida pueda interceptarse; y volver a la recaída unos cuantos metros más allá. El aire es respirable pero en el fondo es un ambiente o una atmósfera, pero en el fondo es una metáfora. Nada hace predecir que el señor Canetti respira bien cuando el mismo aire ha de compartirlo con la respiración de su propia inteligencia, y otras muchas respiraciones. El aire respirable se comparte igualmente en todas direcciones. También la inteligencia respira en los años del surrealismo, dadaísmo, cubismo, futurismo, imaginismo, constructivismo, etc. Si esas inteligencias creen o no creen en la guerra o en la paz es otro asunto. Por tanto, mucho más difícil. Y por tanto, mucho más desarrollable. Basta anteponer las dos cosas para que evidentemente se contradigan a fondo. Eso es una mentira. O eso es una verdad. Una cita (no es de Canetti; ¡Dios le libre!): Hay una cosa cierta: me gustan los locos a distancia siempre y cuando sepan escribir de lo que hablan y sepan transmitirlo únicamente por ese medio. Pero en la distancia hay propiamente una mentira (resulta de la repatriación de la mente en unidad transcriptiva; pero lo que hace que los locos escriban bien tiene causas bien concretas: la diversidad de palabras, letras, y discursos) que consiste en la ordenación y la capacidad de la ordenación de las editoriales. Caso Nietzsche. Caso hermanita de Nietzsche. No es este el negocio ni el lugar a la captación de la cita real que propongo. Me gustan los locos (una idea muy fugitiva, muy poco aprehensible) siempre y cuando las historias que se cuenten de ellos sean ciertas. En cuyo caso volvemos vertiginosamente al principio, a la fuente original de todo el conflicto y de todo lo bien escrito a que puedan deberse precisamente las primeras diferencias. En la guerra y en la paz (un intenso estudio puede llegar a esta conclusión) los locos se reparten ociosamente los campos paradigmáticos en los que se encuentran. Pero obviamente no podemos decidir el campo paradigmático en el que se encuentran, por ejemplo, un herrero o un pastelero. Y menos el campo provisional según las estaciones en el que se desploman las vacas ya rezagadas por cansino trayecto e inoperante actividad. ¿El bajo rendimiento de una vaca se debe precisamente a que muda la estación? No se le puede pedir a un herrero que aproveche el hierro que mata para producir un nuevo ismo artístico. Es inconmensurable. Una mente opera en la guerra y en la paz en la guerra y en la paz. Quien dice guerra contesta paz, y a la inversa. Pero no logro sacar el ismo. La ilusión es siempre ilusión de bienvenida. Una escultura de Chillida con su hierro intermitente retorcido tiene algo más que una pose museística. El herrero Chillida tuvo que modificar el plan de su obra: giro ontológico. De matar con la Chillida arma a dejarla reposar pesadamente para crear vínculos (no sólo aproximativos) sorprendentes con el espectador. Muchos sacan espacios en blanco para concluir sus obras: pueden llamarse hojas en blanco con dibujitos serigráficos en forma de piel de guepardo o la basta pielmorfía vacuna. Os puedo asegurar que no aguanto el espacio en blanco manchado por una especulación nerviosa tipo Michaux. Bueno, en realidad, sí me gusta la densidad granulosa de una hoja de dibujo totalmente en blanco. Era precisamente lo que le proponía el primer artista al herrero precisamente cuando éste acometía su retorcido plan armamentístico, o su primer golpe: el artista dijo, que fuera suave y que tuviera forma de acuñación pero que no fuera moneda. ¡Y el artista hablaba de golpe! Cosa parecida ocurre en relación al robo y en relación al añadir un objeto en un espacio susceptible de robo. La guerra y la paz son uso y abuso de la inteligencia y del talento humanos, y no de una innoble tarea de compensaciones de poder. Si una obra de arte se retuerce en sí misma porque está loca, y su distancia es perfectamente mensurable tenemos obra de arte para siglos. Así los libros. Así los locos y las asfixias impuestas desde el exterior: paz mental, o algo búdico. Lamentable. El occidental va por buen camino en realidad. En un espacio en blanco, por ejemplo, se van escribiendo algunos nombres propios. Los primeros son nobles. Tienen algo de romano.

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