Al día siguiente vino Fina a las cinco y media. Hicimos la maleta juntos y en silencio. La maleta no da para muchos días. O al revés: diez días no dan mucho para la maleta. Sobre eso hablamos durante un buen rato. Y cuando ella por fin dio el tema por concluido yo me quedé en religioso silencio. Era aún muy temprano, y la cadena cromática del despertar que nos lleva a medias entre lo consciente violento y la finísima aceptación por una compañía femenina se tiñe sencillamente de tierna esperanza y mudo respeto. Para las manos hábiles de quien siempre se retuerce en la angustia y en el control de esa angustia la vida pasa para aprovechamiento de los tuyos como gestos inequívocos, incluso cuando se abre el porvenir como una flor de entretenimiento. Una flor llamada Roma, apetito mediano, sobre los clavos especiales del Cristo de los naranjos o constante meridiano. Usurpa la mano virgen que en el rostro del contumaz le abre un espejo para deleite inteligente, ante cual cosa se prestan los servicios por medio de pagos intermedios, aplazados, en media hora un cero al revés. Nostalgia para la vacía Soraya, el hueco del muñeco con pestañas de azul acrílico, y el pincel que sale como una uña de la ingle. Contraídas piernas, muñones sobre los asteriscos de un texto que sale como la espuma, por presión cómica. La risa que zumba en la abeja que se recoge en constante crisálida melita, perita dulce en el jardín del espíritu cuajado de resinas y pinos, que con su ponzoña inflaman los ojos del niño siempre encarcelados en la monotonía de un día de texto, de historia, apartando con breve resoplar el vecino sentido de los ruidos que se acumulan en el postre dulzón del indudable pulgón, dedo pulgar, insecto de la mano, colaborador inmediato, táctil influencia. El ojo así descarnado. El muñón así prematuro son medidas contrapuestas que se ejercen sobre una silla de haba para no sentarse nunca jamás, para doblegar cualquier nota musical, para acabar hundido en el almohadón de la cultura, para acabar pintando dulces querubines en su contrachapada puerta de nogal. Silba el águila sobre mi cabeza para que le aparte la presa que ella desea. Ladra el perro para que le deje hueco a su placer. Me mata el amigo el criminal para que lo tenga en cuenta el día de mañana. Me hablan por intermitencias para que yo hable por intermitencias, desde el micrófono de un templo, o desde la pantalla de una astronave. Sin duda para que la palabra no sea tan vertical, de tamaño tan considerable, y sea de fácil escucha al empresario, al móvil, y fluya por el interior de un cuenco. Mientras se afeita el misionero se cotiza al negro, asperjándolo de saña y contracciones de orar y cantar. Se le deshoja por espabilado crecerabo; dice el misionero que fecunda las piedras, y éstas al día siguiente ya son montañas. ¿Y no es el mismo negro el que funda pueblos enteros también por dureza? Y si la oración permanece a su lado de esta manera no es oración. Y si la oración es sustitución da igual que proceda del vientre de una gallina. Da igual que sea el grito de un ternero. Tanto da el negro que la fuente del omnipresente sentado. Tanto da el jardín que el bosque frondoso sobre el cementerio. Tanto da el orar que el establecer a fondo un tratado de mecánica. Y en la superficie un rugiente Bulldozer saca palmeras del estiércol. Para un geólogo, el antro no es toda caverna, ni lava por esputar la simiente. El árbol se queja también de su compañía ancestral, de su bufón mágico, y de su flauta de pan y agua. Y cuando finalmente la carne hace su aparición entre tanto espasmo y mecánica cuántica, y se envuelve en celofán, la niñita modosa se pregunta tras el escaparate: ¿¡es para mí!? La madre frágil con pulsión de débil libélula le comenta: ¡es para él! Un vozarrón tronador: ¡es para él! Un cocinero de la dolce scuola: ¡lo preparo para él! Un gourmet con orejas de mono lleva en sus manos las brasas de un semáforo, el candente fuego del rey ley. Y cuando Shakespeare dijo por fin aquello del Rey Lear los hijos subterráneos se hicieron anfibios, hicieron añicos los calamares, se los pasaron por la tinta, y con ella sugestionados para el alcanfor de los tiempos, viva los meses. El tiempo pasa Fina con trémulo deseo de no agobiarnos. El tiempo pasa con la colosal mirada, nos daba tiempo. El tiempo nos daba el tacto de los dedos y la mano entera en cuestión. El tiempo no muere Fina. El tiempo parece agotarse pero es su fina risa que anuncia el primer tolón, se abre primeramente por la nota más imperceptible que por la onda esparce. Llega primero al inicio antes de que se acabe. Y termina cuando empieza. Empieza por la boca cuando el cero se endereza sobre su bucle dorado. Y la cuantía se suma con el valor de la burguesía que quiso ponerle el do en su pecho. He ahí un retrato musical para una economía tardía. En costas muy meridionales cuando de ópera y de mercancía por el buey pasaba y en su carro se acumulaban las baratijas. ¿Quiénes de la escoria sustrajeron el ámbar de la polifonía? Y luego ¿quiénes la monotonía? Paralelamente a esa circunstancia el terror de las letras es una cobardía. Una llana y pestilente bafarada de lodo y espanto sin principio ni final. El tiempo le dio la espalda. ¿Por qué crees que se abre sin olor la flor de invierno? Y tanto latín baldío y tanto derroche exegético si en su lugar tenemos dedos y lamento doméstico. Domesticar los dedos sea preciso dejárselo a quienes supieron construirles un tambor, y una caja con sinfónicos dientes y melena de cabellos oscuros, torturados, azabaches, endurecidos por darle el medio tono necesario para recrear la angustia de la armonía. La melodía pasó reina mía al estilo blanquísimo de los sin magia, de los que entran por la mañana a lavar coches y por la tarde a conducir camiones. ¿Cuál es el terror de las letras? ¿Qué diferencia media entre la música y el lenguaje de las comandas organizadas, y el turismo crematístico y perspicaz? ¿Qué miedo supone hablar como la música? ¿Recuperar el antro? ¿Recuperarnos del cartel? ¿Recuperarnos para el caos? ¿Qué supone el balbuceo de un niño? ¿Qué supone el soliloquiar? ¿Y si el libro fuese pregunta y el lector fuese respuesta? Tenemos que ocuparnos del correo, mañana y pasado mañana con tantas ganas como antes lo fue el deseo. ¿Tenemos clara la ubicuidad del santo mensajero? Ponerlo en cada tres una vagina entera. Desatascar la nalga abriendo el trasero para su trastero. Acomodar su trastero con centurión de seguridad vigilante/sollozante. Un grupo coral espera en el corredor para darle bendición y oralidad. Le miran por la ventana, una gigante pecera, la sardina recogida, es necesario cocerla. El enano bosquimano ha introducido ajo y en su brazo el látex de un rólex. El tiempo por sorpresa. Tiempo de espera. Viendo mudar a un gusano rabioso por el agua. Rabioso por el mismo mar Mediterráneo. Poniéndose él mismo tela por su envergadura, marineros cruzados de pelo ralo sacando el hígado enriqueciendo el riñón, nutriendo el bazo, sucediéndole la sangre como un tornado, hilándose el despertar por la sinapsis de sus elementos, convirtiendo en mentira el corredor Mare Nostrum. Uno de cada tres, pero podría ser uno de cada mil, uno de cada un millón. El gran sueño, uno de cada infinito. Un francés con la patata cocida en la mano dio adorno a un tel morceau de viande. Un tipo gordo y repugnante dio lumbre. Es el propio sarcasmo. Y tales números romos, tal rosa en expansión, para un proceso que tiene la energía en el sombrero; y baste el sombrero y el bastón. Y basten sombreros, corbatas, tirantes y traje. Demuestra que la incrustación no le benefició para nada a Bellini. Demuestra que el reflejo espontáneo de un fulgor personal y caótico es la paranoia hacia el sistema de heces. Y los haces de heces se hacen. Es deber y notoriedad. Es obligado y notario. Y la sangre no es tinta roja sino cinta de etiquetado. Porque para una rima y un ritmo sólo es necesario un linfático mozo. Y los haces de heces se firman con las manos de los testamentos, con las manos de los cuentos de hadas, con las manos de los refugios intelectuales, con las manos de los cientos de ejercicios escolares, descollando por algún lado la panzuda a. El gozne que apretó un esforzado empujón por salir del atolladero se llama siglo XVIII. Pero la frívola bisagra del siglo XX ha ayudado para conseguir ideas a un chavo y conservarlas en claras vasijas de graminias. No hay nada más barato que la exposición lujosa de los embalsamadores mediáticos. No hay nada más frío que el núcleo glandular de sus cebollas, de sus patatas cocidas, de sus motores de susurros: i love you. La más basta carne envenenada. Y poéticamente nulo en un lirismo que quisiera hacerse por solidaridad, se infecta, lamentablemente, sintomáticamente. Bosque de tullidos árboles sobre un cementerio que no pudre por razón de algoritmos, que se escapa de la reconversión, del hálito del círculo, víctimas de la naturaleza, esperan turno. La naturaleza tendrá que ver el día en que los muertos decidan destruir sus planes macabros. Lo natural es lo artificial que deriva su navío hacia el hondo del desecho desesperado por la ingente labor de archivos, archisabidas quejas con membrete de fechas y horas, sin renunciar ni a un solo instante. Cómo cansa esta labor. Cómo cansa escucharla y contemplarla. Cómo cansa el abusivo índice. Por tanto cansa mi palabra, por tanto cansa mi poesía si la hubiera. Cansa incluso que haya poesía. Cansa incluso que la poesía mude en prosa hasta que no vuelvan tiempos mejores. Pero la poesía no muda sino que se trastoca, y con gran facilidad tutela la locura al lado de insignes promotores de almas trastornadas, y trasnochadas. El navío indeciblemente bello que transportaba vinos especiales para libaciones heroicas ha transmutado en estos buques grasos que riman con el petróleo. Ni los perversos alquimistas se imaginaron esta mudanza líquida: lo que en la superficie se encrespaba deja paso a los dominios del negro nervio de los avatares suicidas del protoplaneta. Sí que existen actualmente los idólatras de santo Tomás; y de algunos más. Sí que existe la prescolástica munífica en cabezámenes adoradores. Sí que existen éstos, y las reuniones febriles en torno a grandes macabros, sociópatas vestidos de arregladores. Mamá da un traspié y la parte angosta de su clítoris dibuja un cerco, un recreo, una manzana muerta. Ni la serpiente. Por decir que la serpiente se ha inventado el futuro anterior para desaparecer. Se ha inventado el nido en una columna fría de simón para atajar de un golpe ese pestazo. Ha desintegrado el águila para morirse deprimida junto a la cría abandonada. Quiero cambiar la postura en el sillón. Pues el sillón está anclado con raíces de mil metros. Quiero cambiar la orientación hasta que la nuca estalle y me permita ver en detalle su esquirla de fijo bípedo. La cría desesperada se ha comido la serpiente exhausta, maternal, que se ha referido en el poco tiempo que le quedaba al inicio de una era. El atardecer hará lo posible para ser psicológicamente una inestabilidad que ya se preparaba en el vaticano. Y cómo la metáfora prepara su antología, y la narrativa su anfibología, y el charco prescinde del viejo príncipe de la evolución. El charco de agua dulce jabonoso. Nada pudre porque nada nutre. Si al menos no contemplara la orgía de los paquidermos. Si no viera la jeta de mamá en sus culos presumidos. Si no viera al menos al modelo 212 en sus maneras de alejarse. La pacotilla de una nuez linda con el esperpento. Si no viera la ociosa virgen masturbarse con el martillo del operario. Si no viera su labio menor temblando ante un asiático mongol. ¿Y los fantasmas? Hay uno para cada uno de nosotros, sin condiciones, eternamente fieles, adheridos por alguna razón que se nos escapa; adheridos que de tal forma ahogan la tendencia hacia el exterior de la maniática y la enigmática vorticidad. Razón de más para que no haya amistad entre ellos pues como los tornados se reducen en ostracismo de vértigo. Cómo estaba demostrado. Por alguna razón que se nos escapa el ojo es más amigo que aquéllos. La poesía canta al viejo nuclear que sincopadamente estira la pata. La córnea disipa el plan, lo descataloga. Las editoriales hacen caso omiso. La córnea que acepta el pan como polvo proyectado. La puta paloma córnea rata conejera y fenomenóloga. Brilla el navío de buen vino que se acerca. Brilla el buen vino que del navío se aleja y deja dulce su boca para toda boca. Y el fantasma se afloja de mi tuétano, se agazapa bajo la manta trascendente, bajo cálido cobijo en un vientre de cristal por número cuatro; en realidad, un sólido muro de ladrillos teatrales. Se transforma en araña de techo cuando arranco la libación diez. Y tal mancuerna como botella francesa extenúa la línea recta y consigue un circulito. Bueno, pues subido en un animal brutal, bizco, que tiene pelo hasta en los ojos. Bueno, pues subido sin aparente piloto con los brazos extendidos para recoger el cesto de mimbre con los restos: frutos y prisioneros furtivos. Bueno, pues subido y subido para tocar la tormenta con la nariz, ¡ocelote! Bueno, pues subido y ungido para ser un gran hijo de puta alemán.
𡺓𡺔𡺕𡺖𡺗𡺘𡺙𡺚𡺛𡺜𡺝𡺞𡺟𡺠𡺡𡺢𡺣𡺤𡺥𡺦𡺧𡺨𡺩𡺪𡺫𡺬𡺭𡻒𡻓𡻔𡻖𡻗𡻘𡻘𡻙𡻚𡻛𡻜𡻝
domingo, 22 de febrero de 2009
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