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viernes, 27 de febrero de 2009

Me aparto para mantener las vacas en el camino

El pintor dice que todo es incomprensible, porque es humano, y el mundo inhumano, es decir, todo comprensible y profundamente triste.

Las enfermedades mortales inducen a quienes las soportan a entregarse a ellas. El mortalmente enfermo o, mejor, el enfermo de muerte penetra en su enfermedad mortal, asombrándose al principio y sometiéndose luego. La enfermedad mortal hace creer a los acometidos por ella que es un mundo en sí. En ese engaño caen los mortalmente enfermos, los enfermos de muerte, y a partir de entonces viven en ese engaño, en su enfermedad mortal, en el mundo ficticio de su enfermedad mortal, y no en el mundo de la realidad. Las enfermedades mortales eran comodidades rítmicamente religiosas. Los hombres penetran en ella como en un jardín que le es extraño.

Estaba contento de que mi descubrimiento se basaba en la verdad... No era sólo el resultado radical de una fantástica conspiración colectiva dentro de la subversión de mi pensamiento, de que aquella visión no se basaba en ninguna alucinación refinada, en ninguna desafortunada combinación humana, sino que era un hecho, un hecho como un relámpago ultrajado por un trueno tras otro. Lo que vi ahora fue algo horriblemente ridículo: cabezas, colas, pedazo de esqueletos de vacas.

Hay que poder levantarse e irse de toda reunión social que no sirve para nada, y dejar los rostros que no son nada y las cabezas a menudo ilimitadamente estúpidas, y poder salir y bajar e ir al aire libre, y dejar atrás todo lo relacionado con esa reunión social inservible, tener la fuerza y el valor y la desconsideración también hacia uno mismo para dejar atrás a todas esas personas ridículas, inútiles y embrutecidas y llenar los pulmones de algo nuevo, hay que dejar por el camino más rápido esa reunión social inútil, convocada nada más que para su propio embrutecimiento, y no convertirse en parte de esas reuniones embrutecidas, volver a uno mismo desde esas reuniones y encontrar en uno mismo tranquilidad y claridad.

Thomas Bernhard


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