4saben4 no pueden verse entre ellos. Se presiente la bomba atómica serpenteante en su íntima coagulación. Se presiente un libro por cada rascacielos. Un best-séller por cada rascacielos. El oscuro Proust. Estaba en lo cierto. Hojeo el voluminoso libro en Quarto henchido y brazos anchos de sentido. Implorante debe dejar una marca y no es más que una cicatriz. Sollers está kasado con Kristeva y Kristeva a eskrito le temps sensible. Poeta honra blanco, parece ser. Novelista fifty fifty, parece ser. Filósofo, castigo de Dios. ¡Qué insoportable deshonra en un tiempo tan femenino! ¡El filósofo es un gorrino! Un puerco, un mezclasabe, ¿sabe? A jamón. Un sacerdote es muchísimo más audaz: sabe cerrarle la boca sin dientes a la mujer. A cualquier mujer que se le acerque, por supuesto. ¿Qué saben ellas de todo esto? ¿Las filósofas? ¡Qué género más abrupto! ¿Generatriz o Beatriz? Que sea un mito el que hable: dos bloquers horadándose. Salivazo a la gran espada. Dos bloques heterogéneos entrando y saliendo. Ojo avizor. Con un pequeño vigía en la punta de ambos. Por ejemplo, los alemanes fabrican armamento. ¿Se les ocurre publicar el manual de uso de cada uno de sus artefactos? Almizcle pero en frío. ¡En ningún caso! Al menos preservarlo de las garras enemigas durante la época que nos ha tocado vivir. Manos inocentes desarrollarán amplias gestiones de archivo cuántico. Es posible que se la arme en casa los que lo reclamen, se armen en casa como los puzles, vienen en cajitas, qué cómodo. ¿De qué estamos hablando de los chismes o de las novelas? Ambas cosas son válidas en Sión. Los chismes para los hombres y las novelas para las mujeres. ¿Las mujeres o los dioses? Ambas cosas son válidas en occidente. La ausencia estimula las meninges. Ya lo dijo el gran filósofo. Para que una cosa signifique algo lo primero es haberla perdido o ser de alguna manera esquiva. Para los pruritos voluntariosos 6 en 1. Perder significa no encontrar no buscar. Perder significa tenerla y no encontrarla. Perder significa tenerla obviamente pequeña: ¡en el sentido de agudeza visual! Pero delante de las narices, ¿qué se tiene? Poca cosa. Apenas nada. Sobresalen las manos. Los pies de vez en cuando si miramos abajo. Significa pesadumbre. ¿Mirar hacia abajo? Y tristeza y melancolía. Pero sobre todo que no se haya perdido lo fundamental. ¿Los zapatos? ¡El suelo que pisamos! El honor, por eso miramos hacia abajo. Los fusileros: ¡eh, tú, levanta el morro o te pego el tiro en la cundalina! ¿En el nervio penco? Exacto. Yo me imaginaba que el nervio pudendo estaba entre los ojos. Mirar hacia abajo o mirar hacia arriba, qué más da, no nos vemos. Por ello se nos ofrecen por categorías los que nos ven. Profesionales de un cierto espejismo. El espejismo humano. Los que espejean. Probadores. La teoría como la justificación es un probador. El mito de la espada es un probador. La mujer es la funda fundamental o funda a secas. Dice Sollers que la causa puede ser perfectamente un chiste. O dice, el aforismo puede tener salero. Y para que algo quede oculto verificar que nadie se ríe. Verificar en todo caso que no se puede reír en ningún caso. La risa de Aristóteles famosa risa que ha ido a la novela y al cine. El ingenio, la lucidez y el chiste son la misma cosa. No espejean. Hacen lo propio. Sin embargo, se comunican, se ven recíprocamente. Si ver es verse, mirar no es ver, sino dejarse observar. Ser científico, por ejemplo, es ser observado. Tac del científico, por favor. Entonces follar, ¿no es acaso dejarse mirar por los ancestros? Se resquebraja el espejo en géneros. El probador es cuatro veces más espacioso. Los hay de todo tipo. Una novela, por ejemplo, con todo aquello que ha de tener es un consolador con su poco de pigmentos, con su poquito de sabor, con su poquito de forma visigótica, con su poquito de dureza. Tal es el consolador: pigmento pictórico, estamos en las cavernas. Con su poquito de sabor: la carne cruda. Con su poquito de forma visigótica (vicegótico, señor, vicegótico): el primer hachazo, sobre la carne, sobre carne cruda. Con su poquito de dureza, evidentemente alejado de la finura, de la galantería francesa. A lo bruto. ¿Estas formas son inmutables? No hay porqué responder. Simplemente el nervio es una espada inmersa en la flaccidez del cuerpo. Ella es la entraña y poca cosa más. Y cuando se toca, y cuando se la trata con devoción (los nervios también son una devoción) nos merecemos ser cirujanos, mire por donde se mire, mire hacia donde se mire. Rey Arturo desestucha la espada. ¿Me saco los nervios por la boca o por el recto: el nervio penco? ¿O quieres el nervio óptico? Debemos alejarnos de los cuentos porque siempre hay un rey como el hueso en un melocotón. Y por casualidad, siempre una princesa. Una princesa en su torreón en forma de clausura inmediata. No atañe simplemente al coño, sino a toda la estructura enemiga femenina (y la espada femenina es un rayo láser que quema en segundos cualquier reserva de conocimientos). Y a los pies del torreón un poeta canta al amor. Pues bien Sollers utiliza este síndrome en Paradis y no le sale rana. ¿Por qué? ¿Qué ocurre en París en los años ochenta para que se dé un giro en literatura? ¿O es que discurre la literatura como siempre lo ha hecho, a trompicones? En los años ochenta en París surgen varios logros literarios y filosóficos. Décadas antes lo mismo de lo mismo. Cada año, cada década, cada siglo, ocurre que no se puede más.
𡺓𡺔𡺕𡺖𡺗𡺘𡺙𡺚𡺛𡺜𡺝𡺞𡺟𡺠𡺡𡺢𡺣𡺤𡺥𡺦𡺧𡺨𡺩𡺪𡺫𡺬𡺭𡻒𡻓𡻔𡻖𡻗𡻘𡻘𡻙𡻚𡻛𡻜𡻝
martes, 10 de marzo de 2009
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