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sábado, 14 de marzo de 2009

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Como al mecánico que se le confiesa un desarreglillo (le puede suceder a cualquiera), el hombre tiene una relación omnipresente nunca consciente con el otro hombre. Eso significa romper con otras estructuras: no hay lobos ni paraísos celestes. Los hombres se comportan como en misiones. No hay naturaleza, no hay pensamiento ni idioma que lo soporte. La confesión es la comunicación del hombre, sí, más que gestos, pero mucho menos que una lengua. Lo significativo es que la religión ha sido la primera en no verlo claro, más bien, en utilizarlo a su favor. Y por eso Hegel asume la religión como el momento privilegiado de toda su doctrina enciclopédica, favor absoluto del cual anda absolutamente pródigo, hacia el absoluto. Y sobre todo la religión cristiana. Por que Cristo con ese favor que nos hace de hombre dolorido hasta los dientes suspendido en una cruz; es más, nos hace de una especie desconocida entre los hombres, hombres por encima de cualquier otra consideración. Especiales, incorporados, e incorpóreos a ratitos. La confesión es absoluta repetición. Sí, repetición de la repetición. Es más que repetición. La singladura proverbial de una obsesión. Los griegos no se tomaron nunca en serio las matemáticas. ¿Por qué nosotros sí? ¿Por qué valoramos tanto el fracaso escolar en base a las matemáticas? No es que haya cambiado de tema, las matemáticas, y toda la lógica que de ella se desprende, en la cual se ha trabajado a placer, sobre todo el sector anglosajón debida cuenta de su actitud íntimamente conmovedora con respecto al dinero ajeno, rayos x en los ojos para bolsillos que no son los propios, son cirugía en frío. Mordaz anatema que no puede ser sugerido ni por una sola vez como nombre propio. Y un gran matadero para obviar cariños y necedades sentimentales se agencia de los números. Y una gran matanza, habidos los medios tecnológicos al alcance, no soporta a Bautista. Ello en la profunda intimidad protestante. Ligeramente se balanceó en otros ambientes para poder resistir la tentación. El robo, la usura y cualquiera de sus congéneres no puede ser válido en el campo de las acciones si las acciones son causa del ardor religioso. En el campo ipso facto, desinfectado, limpio, higiénico del negocio, opera la magia del papel en blanco contractual y de un seguimiento jerárquico del todo propicio, omnisciente por matemática pura. Cuántos agrimensores no habrán hecho que las bestias mismas se suicidasen. Poner a todo el número exacto de las cosas de que está compuesta no es lo mismo que las cosas verdaderamente importantes que se han de tener por válidas en el mundo mental del hombre pío. De ahí que su representación por doquier ha de ser válida. De ahí que las representaciones sean más importantes que los originales. Los originales son inmediatamente perdidos. Sin duda porque el origen es dudoso. Lo cual es sorprendente para los estudios históricos. Lo que hace que un original sea guardado (siempre provisionalmente) es su sobrevaloración. Una religión cualquiera opera desde milenios sobre el mismo valor puro. Tasado una vez en toda la historia. Ni el oro tiene esa autonomía.

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