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miércoles, 25 de marzo de 2009

Derrida no habla del amor

Derrida no habla del amor. Es decir, habla pero poquito, son tres minutos, pero en general le desespera una situación que provoca la estúpida que desinteresadamente le pregunta. No, en efecto, el gesto de Derrida sorprende. Y no sorprende intencionadamente. Tal vez entre la estúpida y él haya un pacto; pero nunca de ese estilo. Transcribir en español: (la estúpida, pregunta) ¿qué te gustaría decir sobre el amor? Literalmente. Pero puede que: ¿Te gustaría decir algo sobre el amor? O ¿tienes algo que decir sobre el amor? (Opcional) Derrida tiene cara, su aspecto, tiene algo que decir sobre el amor, puesto que es un hombre apuesto y enigmático. Diferentemente, por filosofía, derecho: ¿Qué filósofo no aprovecharía la ocasión para hablar del amor? Si tienes algo que decir acerca del amor, dilo (o calla siempre jamás). (La estúpida: me arreglo perfectamente con el francés, y el francés es el idioma del amor. Por eso estamos en París. O incluso puede que no estemos en París, pero me recuerda a París. Usted me recuerda a París. Ilusión aquella francesa, l'amour à Paris.) Pero tal y como Derrida reacciona, la pregunta tiene toda la pinta de: habla indiscriminadamente del amor, a ciencia exacta, chorreo socrático, D, ¿a mí preguntas o más bien me obligas? No es una pregunta. Pero Derrida está realmente guapo, serio, guapo, muy guapo. DERRIDA: ¿El amor o la muerte? (en francés: l'amour ou la mort) Incomprensible: O.K. a la americana, se quita la gana, la gana de comer en casa, la de comer pato a la discursiva, menuda chusma, ¡quítate de veras la nariz! Todo un personaje. Lo que no quieren los franceses se lo dan a los americanos. Los franceses ya tienen bastante con el amor de Sarkozy. ¿A qué cuento viene? ¿Una filtración? Un tipo así como Derrida delante de esa nariz polla clueca absolutamente inconcebible. No hay oídos para ello. Odio a los americanos, es una circunstancia, un esquema de un par de días. Pasemos mejor a otra cosa. Son listos los americanos. Son bellos y adorables los americanos. Sentimos mucho su lógica inhibición nasal, esquizofrenia de la nariz. Particularmente. Es un deber ahuyentar el inmoral temor a sus nasales simplificaciones. El problema no se encuentra en la moza perinasal, rompecorazones, rompealdabas de pùertas nupcionales. En cuanto nocional, nacional, con un puntín de peripatetismo del glúteo. Sinceramente entre culón y nasalón. O Culón y Nasalón, obra ditirámbica de Plutarco. Obra racional o puerca racional. Las eternas oposiciones entre Culón y Nasalón. Para concebir en un extremo opuesto otra puerta de entrada, un gran amor, parsimonioso, con la ayuda del tolón de la máquina, Deleuze. Un héroe nacional. Panamericanismo. Toda la idea de literatura renombrada, autista Deleuze superhéroe americano. El viajero, y el tremendista. Es posible, marcando el territorio con pis fucsia embutido en su disfraz de aventurero y máquina de escribir, sobre los raíles o sobre motociclismo. Todo lo contrario a un delicado trovador con archilaúd y amores monádicos. El americanismo pregunta por el amor a causa de una situación demográfica inaguantable, entre chusmeja de 5ª generación, y vulgares burgueses made in Woddy Allen. Mesianismo compulsivo, entre lo judío y la judiada. Esa pluralidad insoportable que admiran por su riqueza!!,¿tiene algo que ver con lo múltiple? ¿Con las fuerzas? Desde luego: entrando recto, al fondo, a la derecha. Contesta Derrida: ¡Nada, no puedo decir nada sobre el amor! No puedo tratar el tema del amor (lit.) No puedo emplearme aquí, en este momento, a ello. Es el tema que justamente le hace falta a D tener lejos, más lejos que nunca (sin dejar de tenerlo en cuenta, tal vez una buena pregunta: ¿deberíamos tener en cuenta el amor?). Tal vez porque siempre está muy lejos, más de lo que nos gustaría. Tal vez, porque Platón, dijera en su momento, un poco forzadito: es entre todas las cosas lo más general que existe. Vive a millones de años luz por encima de nuestras cabezas. Pero bueno, archisabido y cantilena de archilaúd monádico enfrentándome a las situaciones venideras. Pero antes de que insista, el segundo intento, al tercer intento, la chica hipernasal, congestionada, casi en trance de resfriado, impertérrito monumento caballuno por encima de toda alucinación, D aclara: 1) No me puedes preguntar algo así. 2) Mi cabeza está vacía y no quiero contestar. En todo caso, pobre imagen la que os ofrezco a ti y a vuestra clientela madre. Ese tipo de parentela que en realidad es marentela. SÓLO ME INTERESABA ESTO. El gesto de Derrida y su negativa a responder. También envidiable es la respuesta que toda la filosofía de Deleuze supone en realidad: menos hablar. Hablar poco. Hablar poco o nada. Pero, ¿a quién va dirigido? Si un filósofo no habla ¿a qué se dedica? Escribir y luego hablar de lo que escribe. También es bastante ambiguo y confuso. Escribir. Escribir poco. Escribir poco o nada. No hay necesidad de micropormenorizar. El amor por todo lo que se dice salta rápidamente como la máquina que engulle toda necesidad de argumentación, máquina millonaria a la cual se la llama AMOR V234 modelo T, modélico, melódico, metódico, millones de tales, tules, tutús, nombre propio hipercolaborador a la una, a la dos..., cual dispositivo distribuye los equilibrios, y yo me cago en todo, necesito papel, pero del otro, distribuye las culpas, máquina del vientre en lo de Jonás. Ésta es la escritura.
- Alma de onomatopeya
- Equilibrio en el lenguaje interior tal y como sistema o sitematiza, prolonga.
- Esquizofrenia por el lado de recesión, disminución del motivo a desear cualquier cosa.

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