Arrastrar el libro allí donde se vaya. O no tenerle consideración. Tenerlo presente y vivo, eso sí. En su autonomía, cerca del paleolítico donde nació. Tiene su origen en los follajes. No, en serio. No hay necesidad de la ironía. Principalmente porque hay una tendencia a calcular los años que se tiene, y cualquier cosa que tenga años, por defecto o por aumento, hacia su capacidad de madurar y morir: se cae o no se cae de un árbol como el higo. El higo lo tengo muy presente en mi formación de palabras, tal y como recuerda la manera de hacer las cosas. Una higuera se erigía en un lado del patio de mi colegio. Eso también tiene algo que ver. Y siempre queda un parecido que no lo es en absoluto con el hijo; por tanto con el hijo que nunca se va a tener. Uno puede dedicar un par de minutos para desechar la idea del hijo, pero el higo siempre queda. Y muestra igualmente que se puede madurar. Estar en la higuera, pertenece al reino del excluido o del que se excluye un tanto prematuramente, anticipadamente, por decirlo de alguna manera. No se tiene la regla de aquello que se solidariza con el margen. Al principio es un acto destructivo que empieza por no solidarizarse, no soldarse. En fin, una antifundación. Pasados los años te muestra tu autismo que existe la refundición por el lado menos visceral, menos orgánico, que se amontona en el centro de un campo, como vacas sacrificadas. Muy distinto a las vacas sagradas, que las hay en todas partes. Te muestra tu autismo no es lo mejor que haya escrito, y forzado, como un preso, la frase, o lo que sea, con su poquito de indeterminación, si se le fuerza o se le viola, como al niño ajeno que fui, te suelta, por qué no, una carga semental de mucho cuidado, semilla, parecido al polvo, parecido al polen. El esforzado que atenta contra el lenguaje posee una vista de uno por uno al exterior; y considera que no se le puede asimilar: y todo a favor de sus dos muslos, dos máximos espolones, o pies para que os quiero. Tal consideración no es consideración sino explícitamente considerablemente. Lo considerable por aumento de tamaño y nunca por disminución. Y considerablemente por disminución de la disminución. Fuera bromas. Al reconstruir cierta frase, tal vez prescrita, o tal vez entendida, ni siquiera tal y como te la entendieron decir, ni como yo mismo pude entenderlo, bajo un peso de parsimonia, con lentitud, tal vez lentitud musical, tan ceñida, pantalones en vez de falda, proscrita. La frase de prescrita a proscrita tal vez porque algunos entendieron el quejido de la e demasiado cerrada. Y cuando te das cuenta estás a merced de una conciencia policial que te deja sin hipo (ya no eres el hijo, ni el higo, ya no estás en la higuera, sobreviene el golpe sonoro para que digas algo más alto que lo otro, en minisoledad, pero en gran solidaridad, no hay otra forma, has sido arrastrado, y no puedes asegurar tu proscrismo, tampoco porque el proscrismo se haya subido las veces a la higuera). Elevas con mucho cuidado la parte que da más placer. En todos los casos, jugando con los suplementos: salido, solidario, solo, e incluso, en la higuera, higo, nada menos que hijo. Soledad, proscrismo, prescrito, derecho canónico, derecho administrativo. Entendederas amplias y hermosas, como un sofá vaginal que reposa por ti en cuanto te has ido. Los detalles de una casa liberan sus influencias poco a poco como el hervir del agua. ¿Y de la bañera, agua perfumada, recogiéndote cuando te encuentras mal, cuando ya nadie te hace el favor ni la consideración? Si quisiéramos solidarizarnos con lo natural, vegetal, animal, incluso mineral, no seríamos hombres ni lugares recogidos de hambre en polvo; abstracto, en diagonal, como una lanza en diagonal, antes del movimiento pélvico, la ruina de tu soledad, ejercicio violento cuando se acerca el violento, o los violentos, en comandita, a cierta hora de la madrugada. Sea ella una mujer o sea ella la mujer que yo quise ser, la lanza se muestra esquiva, a docenas, pasa por los flancos. Una lanza proyectada hacia mí de esa manera con sus tantas plumitas en el último extremo me hace estornudar como la tiza en la pizarra. Si alguien se queja voluntariamente de lo que se ha dicho, porque has sido vapuleado, por ejemplo, por tantos insultos, no siempre se concuerda con lo dicho aunque sea un insulto, si ocurriese que alguien musitando te eligiera entre docenas de personas, por pura autoridad, tal vez, porque tú no la tienes, no la has tenido en ningún momento, una fuerza tremenda te ocupa, para salir un gorgorito del tamaño de un gorrión con fervores de gorrión. No todo lo que entra sale de esa misma manera. Se entreteje en el movimiento de intercambio una repulsión que estira los músculos de una manera imposible. A quien te persigue con la idea de hacerte un favor, en la domesticación, en la prisión, culito en pompa, puede ser, y te habla por párrafos legales, no son más que onomatopeyas de un águila en ciernes. Te devora, y antes de devorarte te pide que afirmes apodícticamente las verdades de la ciencia. Ten cuidado, no son más que onomatopeyas. Así que elijas lo que elijas para leer el león es siempre mucho más fino y agudo en su duermevelas de 16 horas. ¿Quién sea el osado que insista en el lenguaje hasta ese extremo para hacerse entender? Pero yo hablo más bien del momento en que sacudimos el espejo que llevamos a ciegas, a cuestas, la zanahoria del mulo. Para leer el león, puede combinarse en ambas acepciones. Puestos así constituye toda una huera simplificación el hecho mostrenco de nuestra procedencia solar, luz solar, solaz bajo la luminaria, candela, hierve-sesos. Muéstrase la función cerebral como un circuito altamente escamoteado de la luz, con sus centímetros gruesos de aislante primigenio. No es necesario atiborrarnos de montañas para sacar conclusiones parecidas. Esa altitud nada hace. Flaco favor. Pero cómo paralelamente la luz intercede, parafrasea, o se filtra. Es cuestión de bañito junto a la playa. Hablar de ello me tranquiliza, siento que la higuera se acostumbra a mí. No quiero mejor ajuar para el tránsito que su puñado de higos-dedos. Exangüe y enredado en ello, jaguar gramatical; como en mi madre, primera frase polémica: niño mono, y admirativa, qué niño más mono, cuando ya empezaba a morir por días, qué niño ABSOLUTAMENTE mono; luego sí era necesario encerrarme entre las ramas de mi higuera. O dice aquello entre montón de orejas para ello: infeliz, incauto, libertino, perverso, en famosa antología, sin riesgo a que se raje la cesta por abajo, sin ningún tipo de poesía, antología meramente, suicida, irónico, piel fina, aguafiestas. ¡Y ese lárgate por antología! Lo cierto es llevarse la lengua, el idioma, y todo lo que parezca a lenguaje, hacia el centro para arrastrar en su vórtice lo que queda del desgarro, en trozos, en jirones. En mi mayor desprecio hacia ella por su atildamiento, su centelleo de muchos quilates, mejor es no anteponer absolutamente nada, ni una paja. Entrando por el cielo por el orificio más grande. Temiendo el frontispicio académico para que te den por la trasera. Ahora bien, esta situación revierte hacia el mono que quisiera llorar por haberse convertido en el loro aguafiestas que incumple todas las normas de la polifonía. Pero si tiene un espíritu métele un madrigal por la boca. ¿Por qué crees que cierto estructuralismo antropológico se pone en marcha en busca de tarzán el de la única palabra, la primera y la última? El paso de Jesús, hecho inamovible en el niño es una monada, no es una época de fiestas si atendemos a la cantidad de lugares donde prosélitos y él abusaron tantocuanto pudieron del discursivo efecto del discurso apetentes en retóricas fuera de los goznes del judío en uso. Tanto es así que Jesús o alguno de sus discípulos pudieron sodomizar en griego. ¿Y al ponerle nombre al loro no se aclararon las cosas? Aguado dijimos, disuelto o mojado, siempre bajo agua que hace brillar al cuerpo recién bautizado erecta columna sobre el Jordán. Para un solitario es necesario como mínimo un analfabeto. El solitario de las fiestas, de las reuniones, convenciones, misas (¡atención con lo de misas! Misas puestas, medias puestas), bodorrios longitudinales, es y no debe ser interlocutor. Pero al girar el cuello por una cita se desnuca. La gallina no hará eso porque no se suicida. Pero existe el gramófono que se pueda usar. Un gramófono de bajo vientre. Un gramófono de ofuscación. Imperturbable en cuanto a síntesis. Loco por emular el órgano de la iglesia. ¡Y no es que no tenga órganos a su disposición! Todos ellos, sin embargo, atados a la función cerebral respectiva. Una voz es una otra cosa. Una autonomía preestablecida antes de la división en funciones. Insoportablemente afuncional. Su disposición es un esqueje ontológico. Y ese agarrarse es por disfunción o tumorosidad superficial. Aparato fonador, y calderas del infierno, insoportablemente calientes, como la mujer de mi psicólogo. Expropiación continua sin restos de migas para decidir en qué momento dejar de jugar. Entretejidos en la frase emulamos Cicerón, Horacio, Apuleyo, o el mismísimo Virgilio. ¿Qué es aquello convertido en un duende que se opondrá con los pies humedecidos en hongo, charco, y mousse de hierba? Algo que en francés tiene un estilazo nominal incomparable: la pelouse, el césped; encantador por fracciones de jardín, jardín europeo, muy cortesano, muy altanero, terciopelo, esbelto, cuidado, arreglado, hermoso, donde sin duda salir descalzo al encuentro de algún amor propio y una distracción femenina. Nada comparable a la tía maciza pero ajena; mujer del psicólogo. Función neocategórica que me he inventado yo por idiosincrasia. Nada tiene más duende que yo. Bajo un extenso in re de cosa alucinada designios de Bernhard, por lo que más quieras, algo inmenso y oceánico que nadie mejor que él supo ver con claridad; y que la lengua es un suelo, por debajo de los zapatos. Un suelo de pisa y pon. Y la mujer un mueble de pon jarrón. Si claro llevamos la gramática hacia su destino, su puerto. El libro no me lo he inventado yo. Transitamos por él. [2] Recuerda que no se trata sin más de la superficie. La superficie es siempre algo que funciona como el relente nocturno. Y el lenguaje también previene de esa sintonía entre lo que se escucha y lo que se tiene a mano. Como puesto un jarrón con la misma oreja. También funciona el jarrón sin tapa: pretemplo. En cierta manera es abusiva la maraña, cada día. ¡Con todos los personajes que disponemos actualmente tú escoges precisamente UNO! El uno es la monserga, el pan, la comida, y puestos los huevos sobre la mesa: ningún sacrificio. Su lugar se presupone, pero no es representativo. Para serlo tiene al menos que dejarse oír. En diferentes ámbitos. El templo lo lleva puesto. Aunque sean inexplorados los caminos que toma. Como personaje no es suficiente si encima no se queja. Demora en un par de sitios cansado. Y el lugar se cansa de él. Pero él no es nada, absolutamente nada; anacoreta fuera si le conocieran las piedras. En realidad, se interpone entre dos flujos que vienen conectados, y opera una sutura, pero a veces, ni siquiera intercambia. Es un poco como el andar despacio entre dos postes telefónicos. Entre lo que lee y lo que dice hay una diferencia abismal. Si entra en literatura es para desvanecerse. Quien obliga a ser leído, o a ser escuchado. Imposición de una fuerza. Requiere nuestro personaje de un momento de incertidumbre con el mismísimo diablo que no se ve, ni se menciona (muestra de orina o de pene). Una incertidumbre, es decir, la sombra de una relación. Para una fuerza mayor que él. Diente por diente, ojo por ojo. Un poco él así. Si mantiene la indiferencia hacia esa fuerza, violencia expresa. Aclarado: como un pedo mercurial. Algo que lava y salta. Un poco mantener las cosas en ventilación. Casi diría en respiración continua. Algo menos que un deportista. Algo más que un enamorado. Un esforzado. Si borrásemos, sin embargo, personaje. Pero ya hemos dicho inapetencia. Generalmente. Tutelarmente. Puestos de vacantes para jefazos, un buen par de jefazos. Con eso arrancamos. En coche. Para el niño es una monada el momento de empezar en un buen coche. Audi Quattro. Se merece. Trayectos desconsiderados en un primer momento. Excepto alguna que otra aproximación. A la inversa, oscilaciones. La literatura es plantear el cerrojazo padre. Si viviéramos tanto en cuanto, en la lucidez extrema, siempre. Hallazgo: lamparitas de mesa y un buen par de faros para alumbrar a los criminales por la noche, al borde de la excavación. Consideramos la arqueología. A la inversa, se plantan muertos. El desplante madre. Una cosa es sugerir, otra bien distinta es abusar. Momentos para abusar de la lectura. Para no hacer más que lectura. Para no leer más que lo que se lee y lo que se ha dispuesto para leer. En una civilización abusiva enseñamos al cordero a leer para freírlo en parrilla sin que nos dé obcecada conversación. La muda esperanza del cordero entre barruntos: ¿he elegido lo que me merecía? Lo que alguien ha elegido no está de más expresarlo. Pero siempre en forma de carta, muy educadamente. Lo que no se ha dicho: ¿qué diferencia puede haber entre la ciencia del estilo y el estilo de la ciencia? De otra manera: ¿qué diferentes pueden ser la fuente de lo dicho y lo dicho a la fuente? Resuelto a no leer en el coche, puesto que conduzco, me pienso, estrechamente, el citado texto entrecomillado, una mínima carta, un poco quejosa donde barruntar las fuentes; con todo paladeando, que no peladeando, sobre una superficie preparada. El firme, o firmemente. Algo obvio. Pero también obviable. [3] Para preparar las fiestas de un libro, las entrañas, el sabor y el gusto final, es necesario considerar el extremo opuesto. De nuevo el lector, forma inmediata. Sin duda, la cosa más equívoca que jamás se haya inventado. Inventando al otro, en la medida de lo posible, por medio de algo que escribe por nosotros, también en la medida de lo posible. La empresa exige disimular el nervio. Los hay que no tienen nervios sino arpas. Los hay que no tienen arpas sino aspas. Yo tengo muy claro que mi paso por estos pasillos tiene que centrarse en la acumulación, (por medio de la voltereta genital, o masturbación). La acumulación hasta el chorreo, efectivamente no he de ser explícitamente Ortega y Gasset. Y todos los elementos, espamos/accidente, convulsiones/odio, irrealización/idealización, conducta/atropello, conducción/vértigo, hombre/odre, mujer/vaca. Pero al ser masturbación se impone la soledad y el frenetismo casi a partes iguales, y una casa donde ocultarse. El resto es inoperante. No hay nada más que eso. Masturbación y esfuerzo por conservarla. Antes que ninguna otra cosa, o ninguna otra hermana. Yo me he masturbado en sitios impensables, y tenía una teoría sobre ello, para llevarla a cabo. Las situaciones paradigmáticas. O para llevar a cabo determinadas pruebas. Si es fácil decidir. Peor que ninguna otra cosa. Un sufrimiento indecible. Al revés, cuando el sufrimiento no tiene lugar no hay masturbación, no hay levantamiento, no exige al esforzado. No hay nada. Pero la masturbación tiene un traje a medida. Lo mejor pero por el otro lado, mérito, sin demérito, sin esfuerzo, talento. Miles y tantos proyectos. Así, que quien no esté al caso mejor cagar. Por supuesto que los masturbadores no tienen mujeres. No nos precipitemos. Bajo infinidad de guaridas, alveólos de seguridad. No nos precipitemos. Hemos de llegar al punto pineal. Una decisión, por ejemplo, de escritura. Y para una masturbación de sobra empírica que mejor que una bióloga del todo antialeluya.
𡺓𡺔𡺕𡺖𡺗𡺘𡺙𡺚𡺛𡺜𡺝𡺞𡺟𡺠𡺡𡺢𡺣𡺤𡺥𡺦𡺧𡺨𡺩𡺪𡺫𡺬𡺭𡻒𡻓𡻔𡻖𡻗𡻘𡻘𡻙𡻚𡻛𡻜𡻝
jueves, 26 de marzo de 2009
El estilo de 'el niño es una monada'
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