1. Me refiero a un libro escrito a raíz de unos seminarios celebrados en Lyon, Francia, sobre Deleuze y los escritores; en todo caso lo que pueden hacer los escritores, ya sea porque su esencia parece ser la de sobrevivir, subsistir de manera tosca; o lo que de un modo integral ya no pueden hacer. Con un intento de re-compensar la venganza visual, tal vez, o la venganza de otros 'generadores', los seminaristas buscan en el Atlas deleuziano con gran devoción el sinsentido de estos fugaces narradores, poetas, o cualquier cosa, y elaboran todo tipo de críticas para salir del paso.
2. El libro al cual me refiero es el siguiente:
Título: DELEUZE ET LES ÉCRIVAINS (littérature et philosophie)
Editorial: éditions cécile defaut
Fecha de edición: 2007
El artículo de Jerôme Game se titula: La repetición diferenciante en la poética deleuziana: balbuceo y ritornello. P. 401-420.
3. El artículo reproducido es de gran interés precisamente porque me viene al vuelo en una labor practicable a pocos días vista en un conocido (?) lugar público de Barcelona de cierto interés cultural. Esta labor, que ahora llamaré subrepticiamente mini-practicable, consiste en la introducción casi furtiva y anormal de dos textos muy queridos por mí. Uno de ellos está presente en este mismo Blog con el nombre de Fufluns, el otro se trata de El niño es una monada (título algo grotesco) que escribí no-basándome precisamente (a toro pasado en cuanto a la teoría) en los artículos que componen el libro arriba mencionado. Es una suerte que existan fuerzas vivas todavía: Sollers, y en este caso Olivier Cadot, y muchos más que se me aparecen casi de manera inagotable (lo que me fuerza a comprender que una editorial cualquiera de nuestro país no es una fuente fiable). Por último, el hecho de haber leído recientemente este libro significa sólo la comprobación de una insidiosa anticipación. Pues como El niño es una monada me parece un engendro experimental y no sé nada de él, algo así como un metalenguaje, en principio impensable y en el pasado improbable, se lo ha apropiado para decididamente presentármelo, y presentarlo yo a su vez. Pero nada tiene que ver con la ingenuidad del autor puesto que lo que hice de esa manera ya tenía un deje deleuziano que había estudiado sumariamente. Por cierto, cualquier rincón de este Blog contribuye a explicitarlo y a expandirlo casi todo acerca de lo literario y lo monstruoso. Ya palpita, ya crece.
En tanto que una teoría general del ser lleva a una teoría general de la expresión en la filosofía de Deleuze, le concierne a ésta intrínsecamente la literatura por definición. Estudiar las conceptualizaciones de la literatura en la obra de Deleuze significa un pliegue en su obra, y no una forma de ilustración o uno de sus posibles ejemplos. Si la literatura ha sido objeto exclusivo en varias de sus obras generales como Crítica y clínica, o en monografías como Exposición de Sacher-Masoch, Proust y los signos, o Kafka en coautoría con Félix Guattari, y así como ha tenido gran importancia en los dos tomos de Capitalismo y esquizofrenia; de hecho, ya estaba muy presente a partir de Lógica del sentido y Diferencia y repetición. Partiendo precisamente de esta última obra, rigurosamente ontológica y situada por encima de los textos estéticos, me propongo estudiar un concepto crucial de Deleuze a la vez que se desarrolla entre lo filosófico y lo literario, entre lo conceptual y lo poético, entre lo ontológico y la crítica – el territorio que se agencia de tal modo lleva en sí el testimonio de la ambición del proyecto deleuziano: el de pensar el ser como expresión. Este concepto es el de la repetición diferenciante, concepto que opera simultáneamente en los progresos propiamente ontológicos y en los estudios estilísticos. Me ocuparé principalmente de su definición dentro del contexto teórico, es decir, en el seno mismo de la ontología y de la metafísica productivistas desarrolladas por Deleuze, uniendo teoría del ser y teoría de la expresión. Se trata pues de relacionar los conceptos-clave de la ontología de lo virtual – devenir y efectivo/efectual especialmente – con los conceptos de la teoría de la expresión – perceptos y afectos – y de la manera en que estos últimos fundan una estilística del devenir entorno, especialmente, del concepto de repetición diferenciante. En segundo lugar, examinaré uno de los textos de Olivier Cadiot – Futuro, antiguo, fugitivo – dos elementos literarios en particular: el balbuceo en la lengua (por oposición al de la palabra) y el ritornello como inscripción territorial de un devenir.
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La repetición diferenciante o noción de un ser en su acontecer y de la poesía como uno de sus lenguajes posibles. Uno de los mayores intereses del proyecto filosófico de Deleuze es aquel que se ocupa de la conceptualización del ser sin recurrir a la noción de identidad (de la mismidad de lo mismo), al contrario, el de recurrir al diferenciante de la diferencia, es decir, una pura expresión, sin autor ni tan siquiera objeto o referencia. Esta metafísica paradójica, incluso monista, se articula en torno a un puñado de conceptos-claves que se auto-implican, tales como la pura inmanencia y el puro devenir. En diversos estudios (especialmente « Le Virtuel Deleuzien: Cogito pour un moi dissous », BARCA: Poésie, Politique, Psychanalyse nº 15, noviembre 2000, p.57-80, et ma thèse de doctorat, « Expression as Becoming : A Poetics of the Virtual in Christian Prigent, Dominique Fourcade, Olivier Cadiot, and Hubert Lucot », Cambridge, 2001), propongo examinar el concepto de lo virtual como uno más entre ellos. Deleuze lo define problematizando un enunciado que toma prestado a Marcel Proust: lo virtual es aquello que es real sin ser actual, ideal sin ser abstracto. (Gilles Deleuze, Le Bergsonisme, Paris, PUF, 1966, p.99.) Bajo este enunciado críptico tal concepto ofrece en realidad una referencia fértil en cuanto a la noción de repetición diferenciante, por cuyo motivo expondré brevemente las determinaciones y sus principales efectos.
Mientras que lo virtual es el infinito de la significación, el devenir – o actualización – es el conjunto de formas específicas y precarias relevantes por su sentido. Lo virtual y lo actual no son trascendentes sino inmanentes el uno en relación con el otro; la ontología deleuziana no es dualista, aun cuando lo virtual desborda siempre lo actual, excede y precede todo a la vez, de ningún modo ni se agota ni se deja encerrar, circunscribir o formarse por él. “La actualización pertenece a lo virtual” (G.Deleuze et C. Parnet, Dialogues, Paris, Flammarion, 1977, p.181) como su atributo dialéctico. Correlativamente, la actualización se produce en función de parámetros locales siempre nuevos y no en función de lo virtual: “Nunca los términos actuales se igualan a la virtualidad que actualizan: los atributos y las especies no se equiparan a las relaciones diferenciales que ellos encarnan; las partes no se asemejan a las singularidades que ellos encarnan.” (G. Deleuze, Différence et répétition, Paris, PUF, 1968, p.273.) Para lo virtual, “actualizarse es diferenciarse” (Ibid., p.272.) En este sentido, lo virtual es el “esforzarse en cumplir”, “un problema a resolver”, y si es el caso que “el problema orienta, condiciona, engendra las soluciones […], éstas no se asemejan a las condiciones del problema.” (Ibid., p.274.) Paralelamente a su determinación ideal, lo virtual tiene una dimensión propiamente física (i.e., agitación corpuscular o vibración subatómica), pero también semiótica (i.e. el infinito sincrónico de la significancia, en términos de Barthes): manifiesta a través del juego de signos (que forman la dimensión de los efectos o “efectual” en oposición a lo efectivo), y más especialmente a través las invenciones estilísticas. En conclusión, supone una teoría de la temporalidad, y es sobre esta última en cuanto que toma de ella todo su sentido que quisiera insistir: el concepto de repetición diferenciante.
Esta teoría del tiempo bebe de una doble fuente que aparece y reaparece sin cesar al hilo de sus páginas y a través de sus libros: Nietzsche-Bergson. El eterno retorno y la tercera síntesis del tiempo bergsoniano son incasablemente reagenciados. La idea de la cual se parte consiste en leer la doctrina nietzscheana del eterno retorno a la luz del concepto bergsoniano del tiempo como duración o dimensión de un ser-movimiento, de un ser-en-curso o en perpetua (re-)creación.
Según Bergson, este movimiento ontológico no es ni mecanicista (hallando su causa en el fenómeno que le es exterior: la acción de un cuerpo material), ni idealista (este fenómeno exterior tiene su origen en una Idea o en una Forma superior), ni reactiva, pero positiva: su causa es endógena. Alberto Gualandi ha mostrado cómo Deleuze, inspirándose en las tesis de Materia y memoria, desarrolla una triple concepción del tiempo. En la primera síntesis, el tiempo es lineal, es una “fundamentación” cronológica: el tiempo es el presente del hábito. En la segunda síntesis, el tiempo es una “fundamentación circular” (A. Gualandi, Deleuze, Paris, Les Belles Lettres, 1998. P.72.): el tiempo es la síntesis del pasado puro a medida que cada presente actualiza un tiempo siempre ya ocurrido. La tercera síntesis es el eterno retorno que “somete el pasado (tiempo de la condición) y el presente (tiempo de las identidades producidas por el hábito) al futuro innovador”. (Ibid., p.72.) No se trata aquí ni de una “fundación” ni de un “fundamento” sino que toma la forma de un defundamento, es decir, una ausencia radical de base: la forma precaria del ser se destruye cuando las fuerzas pre-individuales de la vida vuelven o retornan bajo la forma de la selección de aquello único que difiere. En este sentido, el ser como pura diferencia es también el ser como puro tiempo. Examinemos estas tres síntesis con mayor detenimiento.
El presente de todos los días es el tiempo de la perceptibilidad concatenada en hábitos. Este presente es una síntesis a la vez del pasado y del futuro en aquello que un hábito hace posible “un presente viviente que contrae el pasado y anticipa el futuro.” (Ibid., p.74.) Pero este tiempo es siempre el de la efectividad de los acontecimientos: Deleuze lo llama Cronos. Esta primera síntesis deleuziana del tiempo corresponde a la primera paradoja temporal de Bergson, según la cual todo el pasado está contenido en cada una de las capas estratificadas del presente que él mismo contrae.
La segunda síntesis es la del pasado puro: el pasado es una síntesis de presente y de futuro en cuanto que ellos no son más que “las repeticiones de una memoria-tiempo infinito” (Ibid., p.74.) que funda todo tipo de tiempos. Cada instante no es más que una copia de este tiempo eterno del que todo tiempo pasado preexistente a cada una de las actualizaciones es la dimensión en la cual todas las diferencias coexisten. Esta segunda síntesis deleuziana corresponde a las tres últimas paradojas temporales desarrolladas por Bergson y según las cuales el pasado está constituido por todo el tiempo, siendo el presente únicamente el límite más extremo de este conjunto: “el estado de mayor concentración del pasado.” (Ibid., p.75.) El pasado pre-existe al presente que lo deja pasar: el pasado nunca tiene lugar, porque siempre ha tenido lugar “no como una existencia, sino como el fundamento del tiempo, el Ser o la Substancia” (Ibid.) (tercera paradoja bergsoniana). Presente y futuro sólo son dimensiones del pasado (cuarta paradoja bergsoniana): el pasado es todo el tiempo, o: es el todo del tiempo. El pasado constituye el tiempo lleno (en lo que ya ha tenido lugar) en el cual ninguna selección es posible, puesto que el pasado ha de crearse entre cosas idénticas; y la selección no sería más que repetición. Si no existiera nada que destruyese el molde de la repetición, un tal pasado predeterminaría el futuro. Para que un tiempo como novedad o un tiempo como cambio (un tiempo como selección) sea posible es necesaria la intervención de una entidad radicalmente diferente, cuya relación con el pasado constituya la emergencia de lo nuevo bajo la apariencia del presente. Este elemento es contingente (Deleuze, en Diferencia y repetición se refiere a un “objeto X” o de “un precursor amenazador”). Especie de mixtura que produce lo nuevo, el acontecimiento. Un tal acontecimiento constriñe al ser a devenir, a un desvío hacia lo desconocido radical. Esta acumulación no-cronológica que significa el acontecimiento (o devenir) permite designarlo a la vez como verbo y como sustantivo, acción y cosa, desarrollo y origen, atributo y substancia. Su determinación consiste en ser exterior al sistema sintético del pasado; conecta diferencias impidiendo al mismo tiempo que coexistan entre ellas. Esto produce una selección en la repetición del pasado – y esta selección origina lo nuevo. Pertenece a la tercera síntesis del tiempo de Deleuze: “No es el caso de un tiempo que existe entre dos instantes, significa un acontecimiento que es un entre-tiempo: el entre-tiempo no es lo eterno, pero tampoco es tiempo, es devenir.” (G.Deleuze et F-Guattari, Qu’est-ce que la philosophie?, Paris, Minuit, 1991, p. 149.)
Si las dos primeras síntesis deleuzianas son bergsonianas (la primera es la producción de duraciones coexistentes y la segunda se dirige hacia la primacía del pasado como eterno retorno de lo mismo en el que todas las diferencias coexisten, y que, al respecto, es la totalidad pre-existente a toda actualización cualquiera que sea: lo virtual) (Cf. A. Gualandi, op.cit., p. 75-76: “Una memoria-Ser, la memoria-Mundo, la totalidad en la cual todos los círculos del tiempo coexisten de manera virtual, […] formando la mayor generalidad de la pre-existencia, del a priori, de la condición. El Ser del tiempo es el Ser virtual y pre-individual de la Idea-Estructura.”), su tercera síntesis es de inspiración nietzscheana. El concepto de eterno retorno, antes que una teoría de la naturaleza cíclica del ser como ha sido a menudo interpretada, toca el espíritu de Deleuze como la medida de la suprema capacidad de afirmación propia a la vida. La tercera síntesis de Deleuze está considerada como el tiempo en persona, si se puede decir así, y que asegura la coalescencia de las dos otras síntesis en una temporalidad de lo transcendental (lo virtual) denominado Aiôn. Por principio siempre subdividido en “un pasado próximo y un futuro inminente” (M. Buydens, Sahara. L’Esthétique de Gilles Deleuze, Paris, Vrin, 1979, p. 40. Deleuze retoma a menudo la expresión de Péguy: « internel » par opposition à « éternel », en castellano de difícil traducción a no ser que echemos mano de eternidad ; entonces Péguy diría: internidad.) , Aiôn es una selección sintética, por una parte, de capas de pasado específicas, por otra parte, radical novedad. Se mantiene más allá de cualquier medida: “pura forma vacía del tiempo”.) en el cual los acontecimientos se pliegan y se despliegan en todas las direcciones como el “juego incorporal” (M. Buydens, op. cit., p. 41.) de las singularidades. Esta tercera síntesis del tiempo conceptualizada por Deleuze entre Nietzsche y Bergson, entre eterno retorno y Materia y memoria, es el lugar de la repetición diferenciante, es decir también lugar de lo virtual. Decididamente refractario a la noción de cronología, esta temporalidad particular es la de un presente que no puede progresar o salir de él mismo para ir al encuentro del futuro: es un pliegue que concatena diversas series: “Abjurando de su contenido empírico, de su dirección, de su punto, desenvolviéndose, no siendo el centro de nada, el tiempo es un orden formal vacío, una serie, un conjunto.” (G.Deleuze, Différence et répétition, op. cit., p. 97.)
Resumamos lo dicho: lo virtual como lo ideal presupone un tiempo aiónico, no-cronológico, en el cual lo efectual insiste. Esta insistencia no es evidentemente insistencia hacia lo mismo: puesto que es vida de lo no-cronológico, el sentido (o efectual) no deja de ser tampoco simplemente vida, es decir diferencia, devenires hacia arquitecturas constantemente precarias. Subsistir, repetirse o reiterarse, significa cambiar, pero cambiar por dentro y a no dejarse forzar por los efectos del afuera, o más precisamente: el afuera como acción reaparece en el interior del adentro como substancia. De este desdoblamiento ontológico fundamental entre lo efectivo y lo efectual, entre existencia et insistencia/persistencia, la ontología Deleuziana consigue subvertir las bases del platonismo y de las posterioridades idealistas aún dominadas por la idea de una distinción entre la cosa y los simulacros. Con lo virtual deleuziano, los simulacros entran en la cosa, penetran su identidad/intimidad, la vuelven porosa: lo virtual, o la permeabilidad generalizada, “centro en el que todas las dimensiones se mantienen juntas en virtud de vínculos no-localizables de suerte que cada una de ellas […] persisten, se mantienen y se juntan otramente, a distancia, por su diferencia, en el centro del pasado puro. No se trata ya de fusión sino de resonancia, y no se trata tampoco de lo extensivo del hábito [Hume] sino de lo intensivo de una memoria ontológica [Bergson].” (P. Chabot, art. Cit.) Con esto tenemos una definición posible, aunque sumaria, de la repetición diferenciante: como la insistencia o la subsistencia que caracterizan a lo virtual, a la vez su signo y uno de sus modos operatorios. (En los desarrollos algo complejos de Différence et répétition, Deleuze expone su doctrina de lo virtual de manera matemática: refiriéndose al cálculo diferencial de funciones e integrales, llama diferenciación la operación que “determina el contenido virtual de la Idea como problema”, y diferenziación a lo que “expresa la actualización de este virtual y a la constitución de soluciones (por medio de integraciones locales)” (p.270). Estas dos dimensiones forman la entera realidad de todo objeto (“todo objeto es doble, sin que sus dos mitades se parezcan”). Pone incluso a punto una fórmula sintetizando esta noción: (indi)-différent/ciation: “Toda cosa tiene como dos ‘mitades’, impares, disimétricas y desemejables, las dos mitades del Símbolo, cada una dividiéndose a sí misma en dos: una mitad ideal sumergida en lo virtual, y constituida, por una parte, por las relaciones diferenciales, por la otra parte, por las singularidades correspondientes; una mitad actual, constituida, por una parte, por los atributos que actualizan estas relaciones, por otra parte, por las partes que actualizan estas singularidades.” (p. 358.) Y trataremos de ver ahora cómo puede desplegarse en la literatura.
Deleuze, como ya es sabido, propone dos nociones clave como base de toda estilística, particularmente literaria: la noción de percepto y la noción de afecto. Estas últimas se definen como puras sensaciones que exceden toda experiencia vivida y toda memoria. Mientras que los afectos se refieren a los devenires no-humanos del hombre, los perceptos están hechos de paisajes no-humanos (no-antropocéntricos) de la naturaleza y otorgan a las fuerzas del devenir a aquellos que poseen la capacidad de la experiencia sensible. Perceptos y afectos difieren respectivamente de percepción y de afección en aquello que les hace ser impersonales (antes de ser devueltos a la experiencia de uno mismo o a la expresión de un yo), es decir, autónomos en relación al substrato humano y biográfico en los cuales aparecieron primero.
A través de un juego complejo sobre el lenguaje que transforma los significantes en afectos y perceptos, la literatura creativa se define así, según Deleuze, como lo que libera (o des-territorializa) el sentido de significados preestablecidos, y en este sentido como lo que revela el poder propio de lo virtual habitualmente asfixiado por el uso puramente convencional del lenguaje. Este trabajo complejo sobre el lenguaje determina un estilo literario, que al mismo tiempo se define por su aptitud a captar la Vida en lo viviente – i.e. perceptos – y a producir devenires aún desconocidos e impersonales – i.e. afectos – en vez de narrar emociones, sentimientos, o actos de individuos particulares sin extraerles antes los devenires posibles. Antes que una esencia de carácter específico la literatura es lo que ella hace del lenguaje en la forma más intensiva posible (definición materialista). Identificar los afectos y los perceptos propios a determinados textos literarios (a través del estudio de sus especificidades formales), y estudiar sus fuerzas desde el punto de vista de una ontología del devenir, constituyen de este modo el núcleo de una crítica literaria de inspiración deleuziana que propongo en llamarla poética de lo virtual o poética del devenir. En este caso particular, se trata de ver ahora los afectos y los perceptos concretamente liberados por la literatura vía los modos de repetición diferenciante. Literatura la de Olivier Cadot, y los modos serán los del balbuceo y el ritornello.
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martes, 12 de enero de 2010
Como una especie de lengua extranjera (artículo de Jerôme Game, y traducción de Rubén Polo), incluido en un libro conjunto titulado Deleuze et...
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