A mí psicóloga, no hace mucho, le dije una cosa, ya no en confesión, puesto que no confieso y mi deber es decir, le dije entonces que no me sentía realmente bien si la diferencia con los demás era tan pequeña. Y luego le dije que si el nivel (cuya ventaja es indudable) no interfiere con lo político y en todo lo posible tampoco crea opinión, en fin, que lo personal es dolor y el conocimiento es abismo. El conocimiento no es contenido sino abismo, diferencia y distancia. Desde luego no es el espacio euclideo sino más bien un espacio del tamaño de un corte. Corte oblicuo que provoca un efecto de gravedad. Corte entre norte y sur, por la vertical, y no por la horizontal. A las pocas personas que yo conozco, de las tantísimas que hay, me las miraría adecuadamente desde una altura que aun siendo superficial es profunda. Si los accidentes se producen en esa superficialidad los acontecimientos en la profundidad suben en erupción recobrando por supuesto los síntomas de anormalidad (verdadero confort antitecnológico). La palabra queda en la garganta, anida en ella; y su grito de rechazo de tan absurdo realquilado es desvergonzado y absolutamente veraniego. Un hombre que culpable de un crimen se apacigua pacientemente en la celda y un mono reobrando y manipulando exageradamente la integridad de su cuerpo recobran la tangente; lo más seguro, más allá de lo puramente evolucionista, es que se conozcan y dispongan manos a la obra un muro que los separe. Pues el uno se transforma en mono azul y escucha con devoción el canto schonbergiano del atribulado simio que a su vez reconoce el consuelo que aquél le hizo mientras preparaba en la cocina una especie de paquete lleno de triángulos, cuadrados y círculos del más absoluto goce cabalístico. Aunados no se ayudan, evidentemente, pero me recuerda a lo que una mujer estaría dispuesta a hacer por un hijo estrecho de miras. Ahora sí, todas las banderas ondean por todo lo alto. Los colores son brillantes y destacan en la más esperanzadora y embriagadora impresión de caucho (quiero decir en forma serigráfica y como de Brayle). A media asta los días en que muere alguien. El ayuntamiento es el símbolo. Las demás instituciones realizan ejercicios de cortesía los lunes y los martes. Y el resto de días creo que cambian el azul del cielo. Modifican las nubes, y el plomizo profetizar de un día apocalíptico se mantiene inalterable los domingos. Los niños van al burdel y las abuelas a las lecciones de sopa. Un día le pregunté a mi padre: ¿qué dedos hay en la mano? (alcé la mano y arce la madera). ¡Cinco, los de toda la vida! En fin que hubiera podido estar enamorado de una académica y no me hubiera enterado. Con la otra mano le bendije los cinco duros que me había prestado. ¿Para qué los quieres? Para correrme una juerga. Cuando anida el conocimiento en el corazón las personas, únicas supervivientes, dejan de existir. Se muestran como la manzana se muestra. Aquella que es lisa y tersa y no ha sido atravesada por una bala. Somos un árbol y nuestro corazón un fruto o una fruta. Si éste/ésta cayese dos veces, en fin, se produciría el sexo. La autopsia será metamorfosis, la conciencia transformación. El mono azul sigue pintando. La reja de hierro se oxida y el perpetuo taconeo del mono sentado provoca una gran evasión. La mujer quiere un desgarrón y luego está el problema del hijo muerto. Esto continuará.
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