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domingo, 10 de octubre de 2010

Sin comentarios ii

No sé de qué castigo me hablas, y mucho menos de eso de lo que te disculpas.
Has sido mi consuelo, has sido para mí todo aquello por lo que una persona jamás se arrepentiría.
Pero yo estoy enamorado de mí mismo y, sin embargo, en la riqueza de lo que aquí y allá regalo. Sólo en esta riqueza quiero regalarme. Pero ya lo dice Nietzsche, en vez de regalarnos nos asfixiamos en los mutilados sentimientos de compensación. Yo lo regalo todo con la condición de seguir enamorándome en mí y de mí. Una especie de subversión hegeliana. Una especie de falsa familia y de falsa síntesis.
Llevo 10 días solo. No se trata de ninguna cosa del otro mundo. Así lo habría elegido hace muchos años: ahora se me hace posible. Se me abre la puerta de esa posibilidad. Mi próxima recuperación está en la esperanza de muchos años de soledad por delante. Casi toda mi esperanza es ésta: cien mil años dure mi vida; los cien mil años de imperturbable y honda preocupación, de profunda investigación hacia dentro como un taladro. Miro hacia atrás y no hay quien me haya ordenado semejante operación: puede que haya sido una metempsicosis subrepticia. Miro ahora hacia el futuro y ¡ya no es la muerte la que me lo aconseja!
Palabra de poeta, palabra de eremita: pero coño, me lo creo.
Ahora esta frase: hacia dentro como un taladro. ¿Por qué tomarse en serio esto? ¿Qué significa esto que es como una leyenda inhóspita, inveterada, que no ve el mundo, ciega a todo?
Y cómo explicarte que yo lo siento como esencialmente humano, animalmente humano.
Y cómo explicarte que no puedo ni siquiera nombrarlo porque no es de recibo, no se aprobará, y si se aprueba es por indiferencia, o se margina y en su lugar se pone X. Y al llegar a ese proceso de que todo lo hablo, todo lo digo contigo, me viene eso de la indiferencia, de la ‘patología’ que encierra este interés, del olvido necesario a esta ‘patología’.
Y cómo explicarme que no puedas interesarte, que te es indiferente, puesto que nada tiene que ver contigo.
Y cómo explicarme que si empiezo ya no acabo… y que lo obsesivo, lo manipulador, está en conservar lo anterior.
Y cómo explicarme que quiera ser tan radical, lo veo, radical, de un radical obsceno, inmediatamente ‘patológico’…
Y cómo explicar lo sagrado, lo intocable, lo no verbal… pero yo quiero fundirme con lo verbal; así sea, fundir la soledad con lo verbal. Toda mi soledad es palabra y de palabra mi soledad es un juramento. Un juramento muy largo y muchas palabras. Muchas palabras y en medio el juramento, como si hubiese entendido que las palabras llevan todas directamente al juramento; que las palabras nos llevan a ese juramento o a la destrucción de la palabra por el interés del contrato. (Las palabras y su punto de origen ortográfico, el balbuceo gramatical, la imposibilidad del clasicismo tosco de la literatura en el juego entre el juramento y lo verbal.)
Y cómo explicar que entro con las ganas de un solitario y salgo con la sensación de un perdedor.
¿Y qué es un solitario? ¿Tan grande es la palabra? ¿Cómo puede hacerse un solitario hoy?
Primero, se es solitario provisionalmente, en el tanteo.
Segundo, reducimos el presupuesto de aire caliente, de cuerpo ardoroso, que nos envuelve.
Tercero, reducimos el contrato de tantos y tantos en un mero interés a dos.
Cuarto, te abandonas progresivamente a la soledad mientras que te abandonan progresivamente a la soledad.
No. Tal vez ya no quiera verte más en una sala llena de mudos psicóticos, de ojos de rana, de pelos de lana. A esos les supera el peso de un átomo.
¿Me entiendes? ¿Y no es esto acaso el origen del dilema, y el origen de la necesidad del punto de inflexión, por ejemplo, en una buena novela? : lo patológico sigue mientras que el tosco clasicismo camina hacia su destrucción.

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