El hombre es un supuesto que ha de estar en medio de algo. Casi un centro. Por eso Sollers dice un centro en todas partes. Casi Paradis es la declamación de ese centro en todas partes. Existen personas, como Sollers, que escriben (hablan, oran, o se confiesan) pero que no hay que tomarles por la banda corta, por la banda sonora, por el libro en concreto, por éste o aquél paradis, o H, o Drame. La confesión es codificación. Y no se puede de otra manera. Aspecto esencial de ese no poder hacer de otra forma, es la forma con que se hace el aspecto esencial. Primero, parece una Gestalt, pero es monstruoso que parezca una Gestalt. Una Gestalt es algo ofusco, gastado, malgastado. Me ofusco en determinado estado formal. ¿Un estilo? Como la estilográfica que lleva siempre encima Sollers, y que no se cansa de mostrarla en determinado hábito televisivo. Heidegger, por cierto, lo tiene en la mano (entero plumaje, indio americano, o indio alemán, o hacer el indio como un alemán). Lo tiene en la punta de la nariz si se terciara. El torero lo tiene en la estructuración del cuerno. Los Simpsons, por ejemplo. Hay que ponerlo como ejemplo. El actor secundario Bob, desde la cárcel, escribe anónimos a Bart, con la sangre de su dedo-estilográfica. La sangre y el sanguinario en el centro de su operación. La sangre que no se analiza. La sangre-tinta. La sangre parlanchina del que ora, confiesa, del que muestra conformidad de acuerdo a un espíritu que se ha reconciliado consigo mismo. Del cuerpo al centro inmaculado, y por espíritu, leído, releído, resonancia de la confesión en el templo de la conciliación de todo lo que es espíritu, todas las formas, todos los espíritus. Sangre leída se vuelve cuerpo. Vuelve con efectos redoblados para ser leído por completo para cualquiera. Sobre todo para quien con ello le va la vida. Pues Bart ha de hacer lo propio, o leerla o no hacerse espíritu. Lo que en cierta manera consigue la prisión: el desarrollo de toda confesión del penitente. La prisión oculta sistemáticamente la penitencia porque sistemáticamente desarrolla en otro centro penitenciario (la inconsciencia, asunto imparcial), la confesión y el espíritu en su actual modo (yo no sé quién soy, pero alguien me recuerda que he de morir, baste un simple cálculo para descubrirlo, consciencia teórica), no se lea en la forma de un interés particular, aquello que ni siquiera puede llamarse espiritual (vergüenza de lo espiritual, confesión laica, soy espiritual pero en mis cálculos, y en mis previsiones, si alguien viene a matarme lo sabré por la policía), que puede llamarse requerimiento a una venganza, a una comunicación completamente antigeológica, vuelo rasante pero a diez mil metros de altura. Es la confesión de la policía, que se vuelve sumaria. Se explicita al margen, en un estado jurídico de reapropiación. La confesión se vuelve teoría jurídica, innombrable para el lego, inconsciente para el espíritu. Logra que el actor secundario Bob se desvanezca, chorreo de sangre para nada, pérdida de vitalidad, pérdida espiritual. Aunque la misiva es menos que nada. Un recordatorio. Derrida: abunda la significación por todos lados y no sabemos qué hacer con ella. Recordatorio: te confieso que yo sé donde estoy. Te recuerdo: ¿dónde estás tú? Si estás a un lado, lo confieso, puede que esté leyendo cosas ensordecedoras, de mucho calado, de grande significación. Viñeta, viñeta, viñeta. María de la Pau Jané es una de esas cosas de grande significación, de grande calado. Confieso que en este punto no quiero que haya malinterpretaciones. Confieso que busco el consenso perdido de lo espiritual. De sobra sabemos su descarriamiento. ¿Por qué opera en nosotros, e incluso nos sobra? Esta mujer nos ofrece una comida. Nos nutre y alimenta. O nos debilita aún más en el ejercicio de su ex profeso desierto. Lo cual quiere decir que está sola (¿o será que no está sola?), y nadie la quiere matar. Las editoriales lo prodigan, policialmente, por supuesto. Las editoriales comentan el caso jurídicamente, y no extrajurídicamente: poseemos su confesión y por tanto es nuestro juicio y no el tuyo. No juzgues a quien no puedes juzgar. Yo me he rozado con esa mujer, lo confieso, particularmente. Ha estado presente cuando yo estaba presente. La he visto y olido muy de cerca. ¿Puedo decir que es un fraude? No, no puedo decirlo. Y no puedo decirlo ni siquiera porque me confiese. ¿Espero a una reunión de amigos para machacarla? No, tampoco. No es necesario. No es necesario comprometerse, y tampoco no hacerlo. Quiero decir que ofusca mi forma y mi diferencia, y puede que sea indiferencia. Vasos incomunicables. Presto a darse la espalda por pura geología, por puro montañismo. Sólo que la espalda es mía. Darle la espalda a la montaña y seguir por otro camino. Sublimar los detalles en otros paisajes. Y revisar lo que se tiene por leído. Lo que se ha leído. Revisarlo millones de veces. Incansablemente. Leer bibliográficamente, como yo digo. De Ortega a Nietzsche. No. Mejor Ortega, Nietzsche, Descartes, Homero. Porqué sí, al principio. La primera cena. La primera cena después de la última. La cancelada, la que yo por particularismo idiosincrásico cancelé. Los primeros discípulos, los primeros maestros. Los primeros confesores. Las primeras iglesias, o los primeros templos. Las primeras entradas, las primeras penetraciones. Las primeras salidas atmosféricas, o los primeros acontecimientos. Las incorporaciones, y luego los replegamientos. Los linchamientos, sí, los primeros linchamientos, por querer ser tan listo. Y es notorio que va por olas, gigantes o pequeñas, oleaje sobre el plano mediterráneo. Que va por olas que no esperábamos. Significa que el clima es inoperante. Significa que no vivimos en medio de cataclismos. Significa el mero cálculo y la mera obsesión del criminal a buen recaudo. Y cuando prolifera la tormenta es que cambiamos de hábito, pero también pasamos de un libro a otro. Por pura bibliografía. Por puro hábito de confesión, sangrante, aglutinante. No el espíritu que se haga cuero, no el espíritu que transforme nuestro interior en algo así como lujoso.
𡺓𡺔𡺕𡺖𡺗𡺘𡺙𡺚𡺛𡺜𡺝𡺞𡺟𡺠𡺡𡺢𡺣𡺤𡺥𡺦𡺧𡺨𡺩𡺪𡺫𡺬𡺭𡻒𡻓𡻔𡻖𡻗𡻘𡻘𡻙𡻚𡻛𡻜𡻝
viernes, 20 de marzo de 2009
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