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miércoles, 1 de abril de 2009

Cómo aparentar que se ha escrito una novela

Una novela es simplemente lo que es. No es una gran cosa. No tiene porqué serlo. Y sin embargo, es lo que no es.

Efectivamente, en la segunda guerra mundial los países implicados tuvieron sobradas razones para mantenerse expectantes, paralizados, inquietantes, en lo referente a la humanidad futura, a su amistad y a los logros bien parecidos de la época. O al menos no le dieron importancia en un primer momento, manteniéndose en guardia, lo que significa dejar a la penumbra situaciones humanas enteramente inesenciales, enteramente una labor de desorientación, de no saber hacer nada en cuanto a las administraciones o instituciones tutelares. La summa de sujetos preparados ante todo para la guerra inmediata, y los otros que llevaron la guerra en su interior pero que no podían estimularse para llevarla a cabo a pleno día, significa que no se pueden mantener dos guerras literalmente al mismo tiempo. Los unos esperan a los otros, y los países en tales procesos convienen en hacer el relevo por determinado orden. Surgen propensiones complejas a hacer el bien en tales estados por muy negra que se tenga el alma. Lo mismo ocurre con países enteros enfrentados. Las naciones atribuladas no se obcecan en las pornografías literales sino en embellecer las ruinas. Por eso muchos explican que tales conflictos tienen su origen en cierto pesimismo. La esperanza es lo último que se pierde. A este nivel se desembocó, por determinados vericuetos restrictivos, a la guerra más estética que se haya visto jamás. En contraste, la primera guerra mundial fue nocturna, y se acudió a ella con plena intención (equivale a decir alevosía). A ello se reduce la vanguardia y la retaguardia.

Efectivamente, porque una novela no se enfrenta a otra, lucha descarnada, en una superficie patriótica, o incluso divina. Sin embargo, la novela posee vanguardia y retaguardia. Dotado músculo, y anchas espaldas. Y tiene sexo. Y cuando una cosa, la que sea, posee tales elementos tiene a su vez deseo, deseos, querencias, querer de verás, ímpetu e impulso, incluso velocidad. Soterramiento del deseo de alfabetización, por ejemplo. La parte del deseo que logra escribirse con la punta de la letra A mayúscula, descender en sublime huida por la V, porque descarta la zozobra final, a la Rimbaud. Zigzagueante. Alumbramiento. Becerro. Carcajeante. Sobre la risa en el parto de un párrafo. Humor satírico en la parte más frontal, de la j a la m. Cuán dislocada le resulta al poeta la jauría vociferada y finisecular de las batallas. Al temor de una grecia en desgracia. Gracilmente la gacela emprende un vuelo simultáneo con el colibrí, el ave más insecto. Y Dante zambullido en el cubil de un vértice en expansión, por el que logra un precio exagerado, desproporcionado, acaba por desprenderse de la clásica modificación repugnante a flor frenética. Por supuesto se trataba de la retórica de una alfabetismo botánico. La guerra ha dotado de texto al animal dotado violentamente de atributos hiperreales. Cuando no los surrealistas, etc. El peloponeso tuvo tantos simpatizantes como periodistas a la sazón. Y la lucha más antigua, la de un único hombre, a resultas de una vestimenta absoluta metafórica, para casar tantos dioses, dispersar sus maldiciones, y virilizar su aspecto femenino a causa de una tendencia doméstica creciente. Se trataba pues de que cada héroe fuera escrito en el momento más insobornable. No prestándose a la inefabilidad de las operaciones colectivas que le sumergieran en la indiferencia. En tanta crueldad por tanta crueldad. Quiero decir, que si no había mucha mayor crueldad en un hombre preparado en la soledad; y en casos de extrema necesidad anexionarlo a tal o cual ejército. En vez de jugar castamente con sus sentimientos.

¿Cuando empezaron a repartirse los dones que comprendan que en la superficie la guerra es interminable, y la paz una determinada glosolalia? A la inversa. Bueno, pues demostrar que una novela es una cita por y para emprender la guerra. Una cita de generosa botánica, un jardín reparador en momentos, pero en el que se espera el enfrentamiento más aniquilador. Quiero decir, tal o cual texto, tienen lógicas desavenencias, pero precisamente la novela está dotada de agua y cáliz de manera general. Búsquese lo que se quiera en el jardín, pero su elaboración y sumergente friso, enredadera, bosquecillo, o macizo, hélo aquí en preciencia. Pues bien, esta preciencia no es una gramática. Ni un acogedor recinto monacal por su lado de prófugo idealista. ¿Qué terrible acontecimiento prepara el reino vegetal, digámoslo así, categóricamente? Nunca se mostrará suficientemente, por ningún medio, lo terrible que puede llegar a ser un jardín. Un jardín, por otro lado, que trata de ser todo lo que haya de antológico y de prueba. No aquella especie, ni esa otra, sino absolutamente el ejército pasivo de su riqueza. Su prestación, su presencia, su quietud inquietante, la llegada de la afirmación por la más tenue brisa, e incluso, un llamamiento desgarrador al sometimiento con otros aires. Los aires que decimos provienen de una generalidad de los cielos. También, ser de mal aire, cierto temperamento, o conducta, que nos erige, endurece, músculos en disposición. Esa cosa que en el bípedo emprende fuga, sin embargo, sin plantar cara. Con la distancia puede que vara. O cañón, o misil, y de ahí, luna, marte. Pero retirada al fin y al cabo. Precisamente por esa apariencia de frontis, frontispicio académico, que nos avisa de que hemos llegado a tal lugar de consideración; y más tarde la espalda, o la puerta trasera, venteado con muestras de menosprecio y desconsideración. En la arquitectura tales encuentros, consideración/desconsideración, opera a la luz del día. En la institución, en el ritmo hospitalario, etc.

La novela planta cara y es solitaria. Incluso planta cara y vuela, o vuela plantando cara. No tiene acceso trasero, ano, boca de salida. Su apertura es únicamente un aleteo. Darnos viento en un ritmo muy calculado. Imperceptible excepto para los que tienen talento. Y su acceso frontal no es la lucha. Puesto que si vuela, y anda volando, el acceso ha de ser mucho más rápido y violento que la guerra. Para llegar a ella (la novela) serviría simplemente una máquina antiaérea de verdad. O sea, la veracidad. O la certidumbre. El ejército de la esperanza copia su contenido a grandes distancias; esto es, la verdad necesaria con que nos tomamos el pelo, apelmazamos la cabellera, para salir el domingo, por ejemplo. Actitud de pervertido cazador y de fotomatón. Cualquier cosa así entra dentro del reino animal que es muy especulativo, muy de consenso radial, escondido tras matorrales (buisson, en francés, o parecido), muy bruto para objetos volantes. Voy a poner un ejemplo.

Ejemplo. Ortega y Gasset. Su libro, 'La idea de principio en Leibniz'.
Elijo una serie de palabras que no categorizo, a lo que se mueve, a lo que inicia como una parada bascular en mis ojos, o una determinada oscilación, sin atisbos de gran cosa. Objeto o bien perpendicular o bien verticular, o ventricular, o bien horizontal. Replegados sujetos en camas contiguas.
Empiezo, acción que poseo: estoicos hombre inteligencia forja ideas principios principios conceptos hombre generación espontánea experiencia sensual trato cuerpos mecánicamente agudeza doctrina cristalizaciones conducta mental conceptos principios solemos pensar empleo mecánico acto reflejo párpados automáticamente brinco costado evitamos charco esperiencias básicas vida modo mecánico decantan principios adagios hombres principios proverbios comunes hombres hombres principios punto criterio conocer verdad principio sufragio universal estoicismo indeclarado taciturno

Segundo bloque: según los no hay en el no es esta pues quien descubre los se convence de ellos como los surgen poco a poco lentamente pero por el con los va dejando en él y esta es la en la de que son los y tenerlos y usar de ellos no es pues lo que solemos llamar sino su empleo parecido al con que al acercarse algo a nuestro ojo los se cierran o al con que evitamos un esas de la que de modo se decantan en repito como los como los son a todos los por eso todos los tienen los mismos hasta el punto que el criterio para conocer la de un es el esto que declara el era ya lo que actuaba

Yo quería hablar (y todo el mundo sabe qué implican estos dos bloques) de una clase de aristocracia nuevamente, y quería aclarar lo del aspecto aéreo de las cosas que nos sirven, y son utilizadas; y quería hablar de la inapetencia, de las experiencias básicas de lectura, y por fin, de algo nuevo, sorprendentemente acogedor: los libros electrónicos. Al hacerlo así, me he puesto en evidencia. Resulta que releo simplemente los hechos, los hechos de Glas, los toques imperceptibles de una sinfonía fúnebre sobre algo que como una torre muy alta, dura y erguida, se pavonea a cierta distancia. Y que en castellano, o a la sombra del castellano, devanados los sesos en un clima totalmente diferente, movido también por otros aires, simplemente porque a esa distancia, y a causa de esa ductilidad, de empleo y manejo, meto el texto que presuntamente escribo, traduzco en ocasiones; que la cosa va por turnos, me da la gana de meter un recibo o acuse de recibo del mismísimo Ortega y Gasset. Metiéndolo me he acogido a determinada enmienda, y puesto en su lugar la opereta llamada antiestilo o propiedad intelectual; pues toda ópera tiene su opereta, y en realidad, toda obra destila su obra maligna, tumor, carcinoma, o cosa que la destruye; y destruyéndola, destruimos al autor. Estos hechos son dramas de un sujeto que forma batallón en algún rincón de la indiferencia de la paz.

Si Glas tiene un aspecto hegeliano por una de sus caras es porque amasa fortuna de tipo contable, incluso manipulable hasta el atardecer. Hasta el anochecer. Y al día siguiente resuelve quien quiera que lo haya tocado gastárselo todo en un juego de gestado/gestación, fecundación in vitro, pornografía infantil, y otros avatares de lesa occidentalidad marciana. Así lo indica Popper en 'La sociedad abierta y sus enemigos', apuntando determinantemente hacia toda la lacra de determinismos y cosas sabidas, cabalísticas, y órganos neotutelares. En este juego de audiencias y en dispositivos de largo alcance, hay algo de astrológico, perturbador de orden mafioso. En tanto que una lengua símil de un alemán devastador corrompe un pueblo de oportunistas. Le sigue, en la misma relación lineal de otras teorías en cartel, Marx el mayor inversor, que no apuesta sino invierte. Esta situación es sin duda una ciencia de publicidad política, y una estrategia de pretendientes. Lo cual significa que la ascendencia tiene un lugar exacto en la Sra. Platón, o en su clítoris y en su titulación farmacéutica (no olvidemos tampoco que Sócrates mostraba los secretos de la obstetricia a un grupo reducido de indígenas de corte aristocrático. Al mismo tiempo que las cosas básicamente de menstruación, las temperamentales, empapadas de confianza, vertían flujos sociales en las experiencias del clítoris.) La iglesia, la prisión, y el estado en ciernes, demoledor, apetente, y atribulado por algo de mucha monta, allá por Hegel. El 80% de hombres y mujeres que en ese momento del mundo no sabían leer. Allá por Jesús, la inoperancia del idioma judío para encontrar una justa metáfora a los sentimientos del hombre titular, nombre y apellidos; primera regla para encontrar un texto cristiano, una especie de listín telefónico para ocasiones de estricta revolución. Partes nombrables de una anatomía. Y el corte enciclopédico, saberes, entendimiento, enjuiciamiento, partes desmontables de un cadáver.

El carácter de este último párrafo es una manera de oportunismo. Sinceramente, todo academicismo es oportunismo. Pero posiblemente para Glas la representación de las oportunidades son meramente alegorías que arropan una superficie bulbosa-cerebral; opone a ello una corriente viva entre huecos y grietas de menor tamaño que los oxigenados pasillos de un hospital; y donde todo se cura sin ser atendido ni por médico ni por enfermera. Lo opiáceo que generosamente Michaut donó a sus coetáneos genera la sensación de completo abotargamiento, hinchazón de órganos, y presiones de unos con otros. Algo geriátrico totalmente pero en línea con la obstetricia (los favores de un cirujano venido a menos, y en ambos casos). Ahuecar en alveólos es la tendencia de Derrida. Texto y margen vistos desde un favor eterno. O un arte entre la tensión y la respiración de ciertos budas contempóraneos. No existe nada más desconsiderado que llamar bulboso a lo que acompaña fácilmente al hueco y al alveólo. En las aves el secreto permanece entre su osamenta completamente atravesada por aire y su vestimenta completamente arropada por aire. El peso de una esponja empapada en agua que cae y nombra a flop. Las cosas que hace el hombre por levantar un falo tieso y rígido; clavar una estaca, por ejemplo, en el corazón de un vampiro. Una presión mínima en el pecho del águila, a poder ser con las dos manos, lo aniquila. La fuerza que opone es la de un barquillo. Si Pascal decía que el hombre es débil por un tipo de contracción entre dos infinitos, Derrida responde que el hombre se ha introducido en más de una columna de mármol, de granito. O que un hombre preferiría morir de pie hasta la petrificación. Del hombre se puede esperar de todo a menos que sea un sarcófago.

De arriba abajo la aventura es consciente. Consciente de una acumulación en forma de estalactita.

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