Lo que trato de decir en todo caso es que tengo algo profundamente interesado en mí, que no es un editor en todo caso, que no es un auditorio familiar, que no es la leyenda del pasado, ni las nuevas disposiciones del futuro. Quiero decir casi en silencio, y la mejor manera, antes que hablar por los codos, de escribirlos tal vez (¿escribir qué?) hasta que las pocas palabras inerciales salgan por doquier en la página doscientas o tal vez trescientas. Si consigo algo así valdrá la pena haberme alejado de lo que yo más quería. A propósito de lo que más quería fue sin duda el efecto de una palabra que no me salía y que no podía distinguirse por su mismísima cualidad entre el parloteo constante y la gallina crustácea. Lo que se sufre cuando de lo que se habla tiene la medida de un pensamiento demasiado purgado, demasiado molido, demasiado legal, demasiado humano, demasiado válido, demasiado usado. No es algo tan atípico alejarse de la familia. Pero a veces los propósitos son otros que los de necesariamente hacer sentir culpables a los demás de las propias necesidades. Pero aún así, creamos inquietud, somos creadores de inquietud, y por tanto culpables de esa inquietud. Una doblez que no puede asumirse en la palabra por cierto que se vuelve del todo incomunicable. La razón es incomunicable. O volvamos a la frase: pero a veces los propósitos son otros que los de necesariamente hacer sentir culpables a los demás de las propias necedades. Así, de momento me incluyo en un programa que tiene algo de presunción de inocencia, en un programa que describa la penúltima idea de lo que se estaba propagando en el último segundo.
Escapar de un sentimiento. Algo a lo que se ama. Luego hay algo a lo que se admira. Más tarde existe algo en lo cual se está. Luego el silencio. Ya no se ama tanto, ya no se quiere tanto. Entendámonos: el amor por un hijo o el amor de un hijo por una madre. Pero también todos los sentimientos por todo el mundo, el mundo conocido, real, algo que aparece diariamente. Por ejemplo, en Freud, es fácil apuntar sintomáticamente los propios desarreglos debidos al entorno, al ambiente. Desde luego parece no haber otra cosa. El ambiente es casi todo: no excluyo nada. Al ambiente humano me refiero. Si preferimos hacer una lista significaría concretar determinados nombres. Determinados efectos de palabras. Así como de virtudes a modo de ejemplo. Si hay alguien bueno en la medida en que necesitemos ese bueno, sólo habrá una persona que lo pueda encarnar. Dos personas buenas en nuestro ambiente significaría demasiado negocio. Lo que hace que algo sea insoportable es no negligir en, o sea no dejar de, o sea que la sobreabundancia sintomática freudiana sean todas las virtudes. Sería, a modo de ejemplo, una extraña obra de teatro donde hubiesen muchos buenos personajes, demasiados buenos actores.
Por otro lado está lo que reconozco que puede alterar nuestra conducta y obligarnos a olvidarlo casi todo. La violencia y el poder. La violencia es la recreación inalterada de una ley que debemos cumplir y que tiene un efecto extraño en nosotros. En las máximas horas de la existencia la ley debería cumplirse por las normas de la discreción y lo que yo llamo saber que el otro sabe algo igual o parecido a lo que yo sé. Puesto que la ley es inalterable y es de lo que más sabemos. Casi como el pensamiento: ley de lo que se hereda. No tiene por qué respetarse. No la ley, por Dios. La ley siempre se respeta, a regañadientes en algunos casos. No se respeta al que manipula un poquito la ley, la hace suya de manera idiosincrásica. Temo que todo sea demasiado personal y a ello sucumbe el pensamiento. Tal vez un filósofo tenga algo propio de respeto por la ley pero en cuanto heredado por diferentes personalidades. En cuanto al poder, a todos también nos resulta familiar y fascinante. Es cierto que existen personas más favorecidas por el sometimiento al que se obliga con relación a una persona poderosa (el cual obra el milagro de la intermediación de la ley) que por el hecho de verse sometidas ellas directamente por la ley. En estos casos podemos sospechar de la ley pero no del intermediario.
La ley marca los estados inequívocos del pensamiento y distingue a los que poseen un cierto poder sobre el pensamiento. Si dentro de la ley y el poder existe violencia es porque el movimiento dentro de esta comunidad que los detenta es claramente fluida y las herencias sobrepasan con mucho las capacidades de los notarios. La letra es más fluida y parece que en ella, contrato y demás cláusulas, todo se extiende al infinito.
Negligir poder y violencia hace que el hombre sea menos hombre. En todo caso hace que la mujer sea más mujer. Que la mujer sea menos complaciente. La mujer claramente se vislumbra por dos eficaces intermediarios. Pero eso no es óbice para que la historia sea claramente hipócrita y la mantenga al nivel de un sólo intermediario con lo cual detente el mismo poder y violencia que el hombre claramente ha querido para sí. La mujer es de dos o no es de ninguno. Dos intermediarios significa que las leyes que rigen poder y violencia están a una altura considerable. La ley misma inapelable, intratable; el hombre mismo, inapelable, intratable. El hombre que escinde su relación con el poder y la violencia está a la intemperie de la ley. La ley es su máxima defensora: pero si en algún caso una ley tuviera que defender a un tipo que se separa por la lucha del poder y por la magia de la violencia lo defendería inequívocamente en la forma del poder y la violencia. La mujer no puede ver a un tipo así; es invisible a la mujer un tipo así que se desentiende de la violencia y del poder.
La literatura ostenta también a su modo un grado de violencia y un grado de poder. Por este lado hace que la pregunta ¿qué debo escribir? o similares tengan que estar al menos sometidas a un grado de violencia o a un grado de poder. Mientras que si yo anuncio que no hay por mi parte ningún deseo de poder o de violencia significa únicamente que he dejado de ver faltas, diferencias, falacias y otros tantos abusos irrespetuosos hacia la obra de los demás: las obras de los demás que en estos casos suelen estar directamente presentes en la ostentación provisional de un almacén, de una librería o en las palabras del otro. De modo que si lo que escribo tiene una inercia pareja a la de la provisionalidad de las otras escrituras se asume por parte de quien, por ejemplo, esto lee, una tendencia retórica a sentirse defraudado por la defensa de un ley que sólo le puede ver como inocente o como culpable. Es decir, que quien escribe no ha de sentirse ofendido por la violencia que imprime ni por el deseo de poder, ya que de otra manera no escribiría. Por ejemplo, una ley de estilo lo defiende o no lo defiende. Lo ignora, lo exculpa, lo encarcela, lo detiene.
La ley moral incita a ser culpable o inocente. Pero no podemos defraudar a la ley moral: somos culpables o inocentes.
2. Philippe Sollers. ¿Qué relación tiene con Blanchot? Esta relación debería existir puesto que ambos son coetáneos, franceses, el uno ha hablado del otro. Blanchot está ligado con Foucault. Philippe Sollers no hace mención de Foucault. Es que Sollers no es un filósofo. Pero sí está escribiendo una especie de "enciclopedia". ¿Artículos de prensa? Y sin embargo dice de Blanchot que es un hueso duro. Demasiado callado, demasiado aislado, demasiado amargado. La violencia de Philippe Sollers es proverbial. ¿Conceptual? ¿Verbal? ¿Al margen de una teoría? Sin embargo, hace crítica de la sociedad actual con una violencia constante. Por ejemplo: "Los profetas y las prostitutas son los oficios más antiguos del mundo. Pensemos en que los profetas están indisolublemente asociados a la palabra. ¿Qué tipo de palabra?" Pensemos en la familia apostólica y el Cristo. Al margen del Cristo los apóstoles saben, puesto que son profetas a medias, la misión que han de llevar a cabo en el futuro. Sollers apuesta por el tiempo. ¿Y Blanchot? Pero hay algo en el tiempo que ha sido puesto a lo largo de todo el siglo XX. El tiempo mismo. El espacio del tiempo apostólico no es el espacio del tiempo profético. Es posible que Sollers profetice y Blanchot apostolice. ¡Nada de eso! ¡Pues menudo maestro tuvieron los apóstoles para no convertir la vida nómada del Cristo en palabras! Oficios múltiples de los apóstoles que ellos mismos abandonan. ¿Así que un profeta tiene que ser violento, al menos, aparentar poco lo manso? La manera de hablar de un profeta es cuasi militar, y su discurso propio de la astucia retórica. Los apóstoles sí que son mansos, corderitos. ¿La revelación en la arenga? ¿La revelación nominal en la arenga que promueve el infinito movimiento? Mitos, diálogos, parábolas... Otra sección realmente caudalosa conmueve la opinión pública: los amanuenses, la escolástica. Las escolásticas de todos los tiempos. Y ahora apenas rozamos el final de la lingüística. La lingüística está rozando la lateralidad nerviosa, la lateralidad neurocientífica. Sollers empozoña la boca de las prostitutas que le besan los pies llenos de llagas y gangrenas, de algas, de bacterias, de virus. Sollers quiere vivir en el verde empezar del Cristo que no sabe lo que es la culpa. Pero la misión del Cristo es importante: primero eminentemente psicológica adelantado en su tiempo de Freud, y sucesivos epígonos, por ejemplo. Es brillante, y aunque se dedique a la ginecología al igual que Sócrates, no pervierte a los adolescentes: los expurga de enfermedades nerviosas. Algo tiene esta imagen que siempre vuelve. Vivir en el infierno es casi como hacer cirugía en frío sin ningún tipo de anestesia. Los nervios como centros de dolor. Todo pasa por allí. Y lo que no, por la vista, el tacto, el olfato, el oído... Unos centímetros más arriba que los diez centímetros de barro. (Oda a los enanos.) Bipedismo. Crítica habitual de Sollers: los nervios a flor de piel pero a modo de una costumbre casi de efecto a causa: teoría de Pavlov. Es fácil en este sistema de carriles unidireccionales prestar mucha más atención al tiempo que a los deseos de saturar mil caminos, a bandazos, impregnándose, o impregnándolo todo.
3. Sollers. Los caminos de Sollers son inexcrutables pero tienen un sentido truncado siempre debajo de la cama. Agobiado por una enfermedad insidiosa, entre tormentosa e incisiva, lleno de ujieres de la probidad clínica, llena el tiempo entre lecturas y masturbaciones. Guardar cama proporciona un calor constante, siempre y cuando no haya fiebre. Es lícito permanecer atento hacia el afuera y buscar los nuevos libros de una ópera tragicómica. La ópera de toda la vida. Un tanto brillante se dedica a la presión atmosférica: una aliada, la sirvienta española. Guapa y vasca. Lectura no femenina. Lectura sumamente varonil. Otros casos de lectura en la cama por enfermedad y bajo la tajante y lóbrega tangente, entre la doblez inaugural del día y la misma crepuscularidad. Se efectúa el espectáculo del tiempo. No hay nada romántico. No hay nada genial. Una postura digamos orbital.
𡺓𡺔𡺕𡺖𡺗𡺘𡺙𡺚𡺛𡺜𡺝𡺞𡺟𡺠𡺡𡺢𡺣𡺤𡺥𡺦𡺧𡺨𡺩𡺪𡺫𡺬𡺭𡻒𡻓𡻔𡻖𡻗𡻘𡻘𡻙𡻚𡻛𡻜𡻝
domingo, 31 de enero de 2010
Blanchot, Artaud y Rivière
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