Considerar que una tercera persona es y contiene algo es para morirse de risa, vaya. Porque la tercera persona es radicalmente insulto. Vivir con la tranquilidad de espíritu necesaria sólo da cuenta hasta ahora de un individuo falaz y místico. El individuo, impregnado del punzante dolor que le infiere la presencia de ese tercero, adopta medidas contrapuestas y su vida transcurre asfixiada en el escudo, algo más que ontología. La consigna a seguir: no hay más individuo. Y es cierta siempre que tomemos al individuo como carga semántica o unidad biológica. O bien como espíritu de la contradicción o bien como habitante de los purgatorios. Honestamente no hay sujeto ni individuo. Ése es el clave bien temperado. Mirad bien como las mamás, seres muy queridos, esenciales, tratan a sus hijos recién nacidos, los primeros años de su vida. Si el mundo sólo fuera eso sería todo el mundo. Pero ¿cómo asimilar que lo que viene después no es distinto a ese ambiente de parálisis neurótica? Al contrario, es de la más recia persistencia.
2. La lógica nos muestra la descabellada idea que a partir de una edad la emancipación interfiere como una interrupción radical. (Cautelar jurídicamente: ¿es preciso recordar las palabras de Hegel? Derrida lo hace.)
3. La segunda Biblia después de dos mil años: AntiEdipo y Mil Mesetas, Antiguo y Nuevo Testamento. ¿Por qué es exagerado pensar en la posibilidad de nuevas biblias y precisamente éstas, las que he mencionado? ¿Nos aferramos a un clavo ardiendo? O en todo caso, borremos de inmediato la Biblia (la primera) como libro prioritario y todos los libros son biblos. En el juego etimológico está el truco.
4. ¿Cómo se hace para que un libro sea la más pura y exacta medida del hombre? Como si cada individuo se sorprendiera una vez al menos en la vida de que es él y no otro quien lo está escribiendo. Su apariencia infinita nos reprocha el haberlo leído con deslealtad. Incluso la teoría científica apela a esa deshonesta lectura y hace de los hombres una acumulación de pequeños y aislados fallos garrafales (y al lado un infierno de ignorancia).
5. Este fallo y esta falta de asimilación, la ignorancia en suma, el infierno inmanente de los bienpensantes, no nos libera de la lectura. La lectura se hace infinita. No puede haber un único libro. Dos biblias son cosas interesantes, puede que incluso importantes. Dos libros cada dos mil años.
6. Entonces de manera insospechada, se abren ante mis ojos dos tipos de lectura. La desleal y ¡oh, madre mía, lo que estoy a punto de decir!, la honesta. No puede ser de otra forma. Y también Heidegger advierte de las dos vertientes más seguras de nuestra corriente aventurera que es el río más profundo: Occidente. Lo auténtico, y en fin, lo que no lo es.
7. Perdidos así como estamos, ante la elección de si lo bueno o lo malo, de si lo auténtico o lo que no lo es, volvemos la espalda a este universo fascinante, y con la boca abierta, tratamos de adivinar lo que mamá está a punto de decirnos. Pero mamá no es ya aquella jovencita mujer que nos amamantara sino una vieja impertinente y absurda. Y junto a otras viejas impertinentes y absurdas, que se solidarizan con la madre primeriza que saca a pasear al vástago antes de hacer la comida, ocurre que un niño cualquiera en la encrucijada, en el interior de fuego cruzado, toma Babel por su futuro más lúcido. Algo así. Ya se verá.
8. Yo veo aparecer en el horizonte al oportuno Sollers. Y es por lo que me viene a propósito en todas estas habladurías y chismes. El muy perspicaz y lleno de impiedad.
𡺓𡺔𡺕𡺖𡺗𡺘𡺙𡺚𡺛𡺜𡺝𡺞𡺟𡺠𡺡𡺢𡺣𡺤𡺥𡺦𡺧𡺨𡺩𡺪𡺫𡺬𡺭𡻒𡻓𡻔𡻖𡻗𡻘𡻘𡻙𡻚𡻛𡻜𡻝
viernes, 6 de agosto de 2010
Tercera persona, ii
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