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jueves, 5 de agosto de 2010

Tercera persona

Podemos imaginarnos ahora una de esas novelas naturales que limitan el tiempo desde una base bastante racionalista. Una de esas novelas que podemos leer sentados cómodamente en un sillón, tan ricamente. Una de esas novelas que podemos leer incluso en los tiempos perdidos de que disponemos, como sombras en la noche, como gatos sobre los muros y las ventanas, silenciosamente. Una de esas novelas que adoptan la etiqueta de la decimonónica época de la narrativa. Una de esas novelas esplendorosas que viven y palpitan entre la agitación convulsa de los contenidos y la concepción estética de sus presentaciones, representaciones. Una de esas novelas que quien las lee se siente poseído al instante por la claridad y la luz de la evidencia: he ahí lo que yo andaba buscando. Mejor imposible. Con qué precisión, con qué sentido más agudo de la cortesía y del respeto, hacia nosotros los mayores, los adultos, los no refugiados, los no subterráneos, los que decimos, pensamos, creemos, con toda la fe, la herencia, nosotros satisfechos a flor de piel, inmersos juvenilmente en toda la amplitud de la existencia, con esa tensión no sólo de músculo, que las épocas se merecen, se ganan, se batallan, y en ellas se triunfa o no se triunfa. Los individuos que controlan desde luego no balbucean. No hacen aprehensiones. No les hace ascos a la vida. La vida es imponente.
Por ejemplo: ¿Qué significa ‘nos obligan’? ¿Qué significa ‘la gente esto o lo otro’? ¿Qué significa no haber aprendido a ‘convivir con el otro’? No es más que un delirio de postergación psicológica. Se acepta mal y se requiere un mínimo tiempo para abandonar todos los resentimientos. Incluso puede ocurrir que no se abandonen y que al mismo tiempo se escribe bien. Ya la tenemos liada. Ya está ahí el perfecto imbécil y su especial artefacto máquina de los años de abuso, exageraciones, y delirios varios. Cuanto aprenden está al servicio de la destrucción. Sólo esperamos que se destruya a sí mismo y nos deje en paz.
De ahí procede lo que llamamos la intimidad, sea ésta gozosa, fogosa, insondable… Se acusa a Derrida de haber aceptado todos los retos de aniquilamiento lanzados desde un punto en la historia que de acuerdo con las condiciones existentes la lógica era la supervivencia. La lógica era la infelicidad y bregar con el día a día; las convulsiones postindustriales, los planes de desarrollo sociales, y la pérdida hegemónica de la nobleza ociosa, la filosofía en declive (la ciencia todavía cosechaba resultados) y el absurdo dominio de la Iglesia. Todavía las personalidades eran potentes, extremas. Y un antagonismo radical se producía entre la sociedad ilustrada y un individuo inútil y salvaje que la atacaba prácticamente a traición.
Las terceras personas ya existen. La novela realista y la novela naturalista no las han inventado pero casi. Lo que quiere decir que por el uso reconcentrado y salvador un magnífico tercero en discordia ha entrado por la puerta grande y reúne todas las anteriores versiones. La historia, la ciencia histórica ha hecho uso (máquina caleidoscópica) por cuanto ha sabido experimentar en la máquina del tiempo las más asombrosas hazañas. La realidad histórica ha sido vista por los ojos del enviado, del elegido. La ciencia, toda ella, en toda su generalidad, también ha hecho de la tercera persona su punto de apoyo visual, perceptivo y prescriptivo. Al aparecer este buen personaje la crítica en su poder, aquello que argumenta y descarta, lo hace reconocible (y recomendable); su actitud insultante y participativa es encomiable; su savoir faire desde luego recompensado. Y la autoridad es un nuevo instrumento dentro de estos hechos, narrables y antipsicológicos que recorren como la vértebra toda nuestra arruga en el mundo, y es ella que con el factor lenguaje a su favor nos lo cuenta, a veces a marchas forzadas, para que no se nos olvide. O lo que es lo mismo: un sabio de toma pan y moja. Habla bien, escribe mejor, pero no se enamora ni de las monjas ni de los curas. Ni tampoco hace felaciones de cierta humedad al juez de instrucción ni a la esposa del coronel. Pues bien ello es una cosa enorme, de un tamaño muy considerable, y poco o nada tiene que ver con la trascendencia, Dios y toda la corte celestial. Y a la sentencia Kantiana, de suma habilidad preconizando las bondades de Newton antes de que éste se hiciese profundamente filatélico (que no filantrópico), no tiene tampoco nada que envidiarla. Yo digo que este [superTRES] es bastante razonable; pero en fin, lo que pasa es que está en todas partes y crece y señorea para investigarnos, protegernos, es casi papá (y mucho más que un médico de cabecera). Freud quiso acercarse en esa dirección pero se quedó corto, corto, corto. Nada de papá, se le parece pero nada tiene que ver. Y las diferencias no son sutiles.
Sorprende un libro magnífico como Glas. A un lado Hegel y al otro lado Genet. Parece que oponer a tan alta figura filosófica un gañán de tres al cuarto, desviado, y con aires de sublimidad, expresidiario, ciertamente sentencioso, amante de lo floral, tamaña oposición, digo, debería repelerse desde el principio. Y nosotros probar esa repulsión. Amén de que se propagan en el texto toda clase de etimologías, definiciones, etc. Lo que quiere decirse un academicismo determinista que ampara ambos abolengos. Lo ocurrente es el suelo y la siembra. La fertilidad y sus frutos. No en cuanto a ganancias de tipo teórico. El planeta tierra alberga todos los fenómenos. No así lo constitucional. Pero al ser texto se deja ver lo variopinto discursivo. La naturaleza y sus vástagos. La sociedad absoluta y sus hijos. Sea como sea, o sean como sean las conclusiones a las que lleguemos, el texto reproduce una fisonomía extraordinaria. El libro tiene una vacía misión si no se le adopta cálidamente en el hogar y en el regazo. ¡Oh, qué madres somos con los libros!

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