Liádov no puede escribir música larga. Es decir, lo que le va son las brevedades. Un nocturno aquí, o dramas-enconados-intensos por menos de ocho minutos. Obrar a la corta y saberlo es de una gran calidad humana. Me lío con lo largo. Es una vergüenza para mí, pero que se le va a hacer. No soporto los encargos que me piden. Me piden que haga una obra musical dramática de altos vuelos y para gente muy lista. Es decir, que se mantienen en sus sitios apenas imperceptibles, coordinados, coherentemente alucinados, hiperconcentrados. Me engaño a mí mismo si lo mío no es producto de la más ferviente opacidad. Es decir, prefiero componer música para espacios reducidos y públicos familiares, ¡y que se me vea bien! Y de ahí a que su conocimiento sea preciso. Mientras Stravinski reía por lo bajo pensando que mi drama poca fortuna… que poco afortunada… que poco afortunado… alforjas de bello neoclasicismo. Yo he estudiado con el gran maestro Rimsky-Korsakov. ¡Y yo, no te jode! ¿Por cuánto tiempo? Por el debido. Y en pago a… y ése no es otro que mi respeto. Etc., y otras cosas que se dijeron… ¡Espera, espera! Hablamos musicalmente. No es éste uno de esos retratos que formulan los visionarios del canto ni de la homofonía de los… polifonía, perdón, ¿armonía? Lo que me quieres decir es que has escuchado y no te ha gustado. La edad de oro de muchas cosas: no podemos perder el tiempo. Estudiemos a fondo el caso Webern. Sus obras, sus composiciones son diminutas. Trabajar sobre un mismo aspecto durante tanto tiempo es un esfuerzo inútil. Presentimos lo esencial y pasamos a otra cosa. El arte creativo no es arte especulativo. De ahí los vanos esfuerzos de muchos. A veces la misión se retrasa y los resultados vienen a dos o tres minutos exactos de la muerte. Todo eso hay que buscarlo con discreción… y sin excesiva publicidad. Cuando alguien toma en serio un canto hediondo de Berlioz le da valor el fragor de la batalla orquestal. Ambas cosas se han propuesto amenizarnos y corromper el público. En la intimidad el público no existe. Otro tópico es aquel que dice que el público es accidental, mero soporte alterno. Ruido inevitable de la gran cisterna humana. Si no que se lo digan a los porteros cuando presienten la evacuación. Pero a ti, señor Stravinski, te hace gracia. El mundo es una inmensa cosquilla. Se han propuesto martirizarnos, pero ahora entiendo mejor la lucha enconada sangrienta violenta de nostálgica responsabilidad y diferentes arrestos que mantiene lo natural con lo artificial. Por ejemplo, en el barroco. Naturalidad y artificio reposan sobre el mismo armazón. Pero ¿qué tiene más tiempo para ser repatriado por los neoliberales en el poder? ¿Un rinoceronte no tiene tantas volutas como un armario o un escritorio Luis XV? Misión de los colonizadores es atrapar a uno de esos colosos. Mientras que los que apenas se mueven de casa más o menos atraídos por sus quehaceres no esperan en sociedad la llegada de los tiempos de la nueva unión de todos los seres. Si al menos fueran igualmente vestidos; por fuerza en común indumentaria, tanto de ideas como de repujados cueros. El artificio está en la sobremesa; lo sé.
2. El sopor de después del té. De las galletitas con café. La complacencia siguiendo las buenas costumbres. Los años nos encumbran. La biología nos obliga, sí; pero en este caso nos sigue y nos dispensa luengos años. Presumamos de cultura occidental. La única, la verdadera. Al forzar el origen también forzamos el final. Lento drama. Los actores salen a escena. Pero metafóricamente. ¿Cómo es eso? El origen incierto es a partir de ahora la primera palabra. Se pone fin al final de la obra, por ejemplo, en las películas: THE END. Pero no se pone INICIO. Empecemos, empezamos, empieza, empezará… Dentro del sistema ordenado de la BIBLIA, el libro de libros, la primera palabra precisamente no se sitúa en Dios. En tercera persona, en todo caso. Es difícil disimularlo. (Coming soon, próximamente, el inicio sobreviene, esperando el acontecimiento, la memoria de lo dicho nos quita la severa expectativa…)
3. Liádov se lía en el final. Liado como un primerizo. Nosotros empezamos por nosotros mismos. Es difícil de superar. Sin embargo, si de cualquier obra por pequeña que sea tengo que atribuirla precisamente a una tercera persona, de la cual no sé si existe, de la cual nadie se responsabiliza por un YO categórico… En esa experiencia furtiva de la vergüenza creadora.
4. Estas personas desconocidas, Liádov, Stravinski, Berlioz, Webern… tienen los días contados.
5. ¿A quién se simula cuando obramos con un YO categórico del tamaño de una obra por pequeña que sea, por banal, o hipercondensada que sea…?
6. En la inmanencia todo se distribuye localmente. Las masas que representaban una duda acerca de la civilización occidental, que además son incapaces de oír, aun bajo tortura, sonatas, nocturnos, sinfonías, oratorios… ¡Espérate! Las masas que representaban la duda de Occidente. ¿Eso has dicho? Me muero de vergüenza. ¿Me dejas seguir?
7. Las señoritas se ponen nerviosas, balancean sus tacitas blancas, las cucharitas de plata suenan como campanas de renuncia. Casi crujen sus ampulosos gestos de seda. Pero he ahí que un hombre se santigua delante del piano. Le crujen los dedos. De momento los ha cruzado. Colabora con lo anterior. Una señorita le dice a otra erguida como una pájara boreal ensoñadora y rosada: he leído una novelita que son remedos, no, exactamente silbidos de distintos seres. En estado de gracia natural.
De lo anterior se deduce un efímero instante: con su poca de actividad, con su poca de música, con su poca de teoría. Nada importante pero conforme y generalizado pesa como el peso corporal. Pequeñas obras formales los hombres y mujeres de Occidente. Obras cortas o largas, tanto da. Buena cosa es pasarse por la librería LA CENTRAL de Barcelona. Fíjate que el otro día, francamente fatigado y estando yo allí mirando unos libros en francés, buscando una solución, dos nenas argentinas, de una cierta edad, pero que hablaban de la Universidad, de las clases, sin ningún sentido de la broma pesada, se decían mutuamente, cerca de donde yo estaba y sorprendentemente en voz alta (no fuera que yo ponía el oído indebidamente), que en cierto libro (impreciso y debía ser en francés, pues acompañábanme en la pesquisa, debía ser uno de esos libros franceses que se lían, que se lían…, que son tan absurdamente subjetivos como un sociópata declarado y encerrado de por vida) habían encontrando la triple fórmula de… no sé bien… tres líneas que se reparten el pastel, ¿tres líneas discursivas?, ¿tres voces? No sé, algo que no había oído nunca antes en mi vida… ¡Qué sofoco, Ginés, qué sofoco! ¿Los instantes deben circunscribirse por ideas, por minutos, por inherentes manipulaciones, por actos consumados…?
Acabo aquí: todo esto tiene menos sentido que el esperado. Retomaré algunos elementos más adelante.
𡺓𡺔𡺕𡺖𡺗𡺘𡺙𡺚𡺛𡺜𡺝𡺞𡺟𡺠𡺡𡺢𡺣𡺤𡺥𡺦𡺧𡺨𡺩𡺪𡺫𡺬𡺭𡻒𡻓𡻔𡻖𡻗𡻘𡻘𡻙𡻚𡻛𡻜𡻝
jueves, 5 de agosto de 2010
Esas dos fueron un envío...
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