A dormir, sí… Pero sabes cuándo un esfuerzo se realiza sin contemplar los efectos, pues los efectos pueden ser tan mínimos, tan diminutos. A veces no los conocemos, pero cuando los conocemos, cuando somos conscientes de que el esfuerzo es inmenso en comparación al efecto que le sucede como un pequeño malestar, un inmenso malestar provoca un ínfimo malestar, esas cosas no se pueden hacer sin sospechar nada. Desde el principio la sospecha es completamente lúcida, y cuando el malestar se embriaga de sí mismo se anula, se neutraliza, entonces aparece la esencia humana, cuando por esencia el ser humano se esfuerza hasta sacrificarlo todo por nada. Y luego porque la lucidez reclama su parte del todo, o su parte de nada, se requieren mil hombres para elevar el efecto a un mínimo y que el esfuerzo no haya sido por nada. Lo que tenemos, como la solución, son mil hombres para nada. Lo que tenemos como problema, ¿para qué tanto esfuerzo para nada ni por nadie? Hay personas tan agudas, tan soberanamente incisivas, tan rinocerontes, tan absolutamente perspicaces, tan absortas, tan inquietantes, tan esforzadas, que cuando te encuentres con ellas no vaya a ser que quieran que tú les levantes de la nada. NO LES PRESTES NI UN GIRO NI ALCES POR ELLAS UNA MANO, UN DEDO, UN PELO. Pero ¿sabes que les puedes dar como un regalo? Un libro de prestado. O mejor, un libro ya editado.
𡺓𡺔𡺕𡺖𡺗𡺘𡺙𡺚𡺛𡺜𡺝𡺞𡺟𡺠𡺡𡺢𡺣𡺤𡺥𡺦𡺧𡺨𡺩𡺪𡺫𡺬𡺭𡻒𡻓𡻔𡻖𡻗𡻘𡻘𡻙𡻚𡻛𡻜𡻝
jueves, 26 de febrero de 2009
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